Fue su fascinación. La miraba y se hundía en esos ojos color agua calma. Conocía detalladamente cada veta grisácea que se difuminaba en el azul. Sabía que cuando llovía se le volvían ligeramente más claros, y que la luz le hacía doler. En una oportunidad había contado sus pestañas, 186 pestañas negras y, extrañamente, 2 castañas. También sabía que tenía 15 lunares en la cara. Uno, el más notorio, en la comisura derecha de la boca. Pero su preferido era el de arriba del párpado; era pequeño y más claro que los otros, estaba un poco escondido tal vez, pero para él era aquel que más influenciaba en su bella mirada. También recordaba su sonrisa. Cuando sonreía, levantando primero la punta de la nariz y finalmente mostrando sus perfectamente alineados dientes, se iluminaba el mundo. Le gustaba la forma en que ella reía vergonzosamente, se acomodaba el mechón que siempre le caía sobre el lado izquierdo del rostro y luego levantaba la vista, cuando él le hacía un cumplido. Admiraba su piel, era tersa como la seda y fría y blanca como el marfil. Le gustaba rozarla con lentitud, sintiendo cada uno de sus poros. Notaba como ella se estremecía ante el contacto, lo que le hacía desear tocarla aún más. Lo hacía delicadamente. También disfrutaba de respirarla. Incorporaba su perfume como si fuera el oxígeno más elemental.
Habían pasado juntos 3 meses. Aprovecharon cada hora, cada minuto. Se sintieron, se amaron. Hasta que un día, tan fugazmente como había llegado, ella se marchó de su vida. Puede que haya conseguido de él todo lo que quería. Se saturó de su aire, de sus caricias, cargó su maleta con el amor y se fue, dejándolo solo.
A él solo le quedó el anhelo de esa mirada azul y de esa perfecta piel, a la que todavía recuerda en detalle con solo cerrar los ojos.
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