Ínfimas verdades recubren al gigante. Empapelan su peluda y robusta complexión. Mientras lo atosigan incansablemente, él solo quiere yacer, sosegado, y descansar; descansar en el infinito de una realidad semejante pero diferente a aquella que lo azuza. Imagina escenarios alternos que lo conforman, por un instante al menos. Consumido y dudoso se altera con facilidad, pero la parsimonia ya se adueña de el y un temblequeo de sus pesadas patas se vuelve costumbre. Toma todo lo que le molesta y lo arroja a la basura. Ingenuo. Se entretiene consigo mismo pues no tiene con quién más jugar, ya que todos aquellos que lo rodean no son más que inmiscuidos que buscar perturbar su frágil estado. Su pelaje es cálido y emana un perfume ancestral. Sus movimientos o demasiado lentos o exageradamente bruscos. Las verdades que lo recubren brotan a borbotones, lo asustan, lo ahogan, lo matan. Quién diría que un gigante de tal magnitud aplacaría toda su grandeza ante unas simples certezas.
Aturdido y machucado se echa al piso causando enormes estruendos en los alrededores. El pobre coloso vencido pierde toda su majestuosidad, rendido sobre el suelo y lastimado quizás incurablemente. Todo aquel que lo seguía molestamente se ríe por última vez de la desgracia ajena y vuelve a su desinterés habitual. Por fin el gigante consigue la paz que tanto buscaba pero, ¿a costa de qué?
martes
domingo
Encierro
El cuerpo resulta una jaula imponente. Encierra sensaciones y pensamientos. Cada hueso asemeja un barrote y el interior es la celda más oscura jamás habitada. Una mente prisionera de las inseguridades de un cascarón tosco y desaliñado Sólo se consigue la paz por unos breves instantes, tras horas de vigilia y desazón. Acostumbrarse a la idea de un calvario voluntario contra la plenitud culposa se vuelve parte del día a día y así se ataca a sí misma la persona en cuestión, que espejo mediante se descubre minuto a minuto. Analiza su jaula; la toca, la siente, la recorre.
¿Cómo encontrar la libertad estando tan encerrada dentro de su propio cuerpo?
La inestabilidad y las dudas la corroen y los 'sí' tambalean tornándose en 'no'. Todo se acumula, aunque lo nieguen. Las decisiones ayer tomadas mañana teñirán el cielo de rojo y a la piel de gris, por eso aveces la valentía no se refleja en lo que hacemos si no en lo que dejamos de hacer. Diariamente te desconoces y tu reflejo ya no refleja nada que quieras ver. Encerrada de por vida, buscando amoldar esa prisión permanente a las ambiciones ajenas (y, hoy por hoy, propias)
martes
Diáfanas
Transparencia. Intangibles, invisibles. Están pero nadie las ve, nadie las siente, nadie nota su presencia, excepto yo. Su imperceptible forma de estar no es más que un recuerdo de la oscuridad corrosiva. Expuestas parecen camuflarse aún más con la vida misma. Las miro, yo que soy la única que consigue verlas. Las analizo. Etéreas, delicadas, mías. Son el poder y el control. Son el poder controlar. Son historias que probablemente nunca cuente, ya que a nadie le interesa escucharlas. Son y serán, porque hasta cuando ni yo las veo, las siento presentes. Probablemente no pueda olvidarlas nunca, puede que mis ojos proyecten su existencia eterna, puede que realmente existan eternamente. Pero no puedo confirmar nada de eso ahora, no son más que una incógnita. Una incógnita que nadie ve.
viernes
Sensación
Los pedales sueltos, los pies sobre el travesaño. La rueda girando a toda velocidad, los autos viniendo de frente. Carrera en bajada. Esa sensación de que todo puede terminar en cualquier momento que da plenitud y adrenalina. La vista gira sin parar, no hay puntos fijos. El cuerpo se tambalea a la par del mundo. El ser se siente desvanecer constantemente pero sigue en movimiento. Ágil, trastabilla y sigue. El viento contrario despeina a su antojo. La gente pasa y sigue sin mirar. ¡Quieta! Mira para los costados y no se ve nada. Las aguas calmas, las caras felices, concentradas, nerviosas. Cuerpos inertes movidos sin gracia por el destino. De repente todo se vuelve negro y gira sin parar. Pero ella sigue, confiada, rebelde, temerosa. Sólo el ruido de la rueda contra el asfalto puede sonar más fuerte que su cabeza. Cae al piso con fuerza, aprieta inquietamente las sienes con las manos. Junta las rodillas y las abraza. Se acomoda las mangas, se remanga solo una. Se para y sigue. Bocinas lejanas, luces que encandilan. El mundo gira cada vez más rápido, ¿o será ella quien lo hace? De ser así, no se quiere detener. (...)
jueves
Dual
Sos luz y oscuridad. Sos lo bueno y lo malo. Sos el protector y la amenaza. Inspiras (miedo). Te amo y te odio. Me duele que no estés y que estés. Te extraño tanto que no quiero verte. Me ves y te ves, eso es lo que te asusta. Porque sabés bien que vos mismo sos el único capaz de ganarte y, al igual que yo, no querés que te ganen. Gritas para acallar a las voces en tu cabeza, ¿hablan tan fuerte como las mías? Vos encerrado ahí y yo encerrada acá, es todo lo mismo. Pero nunca juntos, no, nunca juntos.
Mis lágrimas son tuyas, absolutamente todas. Te las regalo para que las guardes y hagas con ellas lo que quieras. Acomodalas en una repisa y dejalas empolvarse. Ordenalas de mayor a menor, de más a menos brillante. Bebelas. Tiralas. Hacé lo que quieras, son tuyas, yo ya no tengo el control sobre ellas.
Te empeñas en demostrar vulnerabilidad y producir compasión y haciendo eso solo conseguís que te teman y te repudien. En cambio, cuando la ferocidad se apodera de tu ser, yo puedo ver como brillan tus ojos. Yo veo a ese nene maltratado pidiendo reconocimiento. Pero lo siento, yo no puedo ayudarlo. Ni ayudarte. Vos sos vos y tus complejos me exceden (los míos me exceden). Clamas ayuda que yo no puedo otorgarte pero tu cabeza, indefensa, no lo comprende.
¿Cómo que no puedo ayudarte? Será que no quiero ayudarte. No, perdón, no puedo, ya es tarde para mi.
No me des nada, no puedo retribuirtelo, ¿entendés? No tengo nada para darte. No quiero darte nada. Aprender de tus errores es de sabio, aprender de los ajenos aún más. Acá estoy yo, aprendiendo de tus errores, deberías estar orgulloso, pero no lo podés ver porque las lágrimas también cegaron tu visión.
Mis lágrimas son tuyas, absolutamente todas. Te las regalo para que las guardes y hagas con ellas lo que quieras. Acomodalas en una repisa y dejalas empolvarse. Ordenalas de mayor a menor, de más a menos brillante. Bebelas. Tiralas. Hacé lo que quieras, son tuyas, yo ya no tengo el control sobre ellas.
Te empeñas en demostrar vulnerabilidad y producir compasión y haciendo eso solo conseguís que te teman y te repudien. En cambio, cuando la ferocidad se apodera de tu ser, yo puedo ver como brillan tus ojos. Yo veo a ese nene maltratado pidiendo reconocimiento. Pero lo siento, yo no puedo ayudarlo. Ni ayudarte. Vos sos vos y tus complejos me exceden (los míos me exceden). Clamas ayuda que yo no puedo otorgarte pero tu cabeza, indefensa, no lo comprende.
¿Cómo que no puedo ayudarte? Será que no quiero ayudarte. No, perdón, no puedo, ya es tarde para mi.
No me des nada, no puedo retribuirtelo, ¿entendés? No tengo nada para darte. No quiero darte nada. Aprender de tus errores es de sabio, aprender de los ajenos aún más. Acá estoy yo, aprendiendo de tus errores, deberías estar orgulloso, pero no lo podés ver porque las lágrimas también cegaron tu visión.
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