Sos luz y oscuridad. Sos lo bueno y lo malo. Sos el protector y la amenaza. Inspiras (miedo). Te amo y te odio. Me duele que no estés y que estés. Te extraño tanto que no quiero verte. Me ves y te ves, eso es lo que te asusta. Porque sabés bien que vos mismo sos el único capaz de ganarte y, al igual que yo, no querés que te ganen. Gritas para acallar a las voces en tu cabeza, ¿hablan tan fuerte como las mías? Vos encerrado ahí y yo encerrada acá, es todo lo mismo. Pero nunca juntos, no, nunca juntos.
Mis lágrimas son tuyas, absolutamente todas. Te las regalo para que las guardes y hagas con ellas lo que quieras. Acomodalas en una repisa y dejalas empolvarse. Ordenalas de mayor a menor, de más a menos brillante. Bebelas. Tiralas. Hacé lo que quieras, son tuyas, yo ya no tengo el control sobre ellas.
Te empeñas en demostrar vulnerabilidad y producir compasión y haciendo eso solo conseguís que te teman y te repudien. En cambio, cuando la ferocidad se apodera de tu ser, yo puedo ver como brillan tus ojos. Yo veo a ese nene maltratado pidiendo reconocimiento. Pero lo siento, yo no puedo ayudarlo. Ni ayudarte. Vos sos vos y tus complejos me exceden (los míos me exceden). Clamas ayuda que yo no puedo otorgarte pero tu cabeza, indefensa, no lo comprende.
¿Cómo que no puedo ayudarte? Será que no quiero ayudarte. No, perdón, no puedo, ya es tarde para mi.
No me des nada, no puedo retribuirtelo, ¿entendés? No tengo nada para darte. No quiero darte nada. Aprender de tus errores es de sabio, aprender de los ajenos aún más. Acá estoy yo, aprendiendo de tus errores, deberías estar orgulloso, pero no lo podés ver porque las lágrimas también cegaron tu visión.
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