jueves

Confesiones de verano

   Sentada queriendo escribir estas líneas, siento una mano tersa que juega entre mi pelo. Acostada llorando las penas ahogadas, huelo un perfume cargado de sensaciones. Oyendo las palabras ajenas, escucho los elogios más entorpecidos. Escribiéndole a quien siento que no debería, busco en mi memoria los recuerdos tapados por el tiempo que no deja de pasar confirmando todos mis miedos.
   Escurro una vez más esa lágrima idiota que se escapa sin mi consentimiento y recaigo en lo absurdo del acto de llorar. Veo también todas las debilidades humanas plasmadas en mi y me asqueo. Voy arrepintiéndome letra tras letra que va saliendo de mis dedos. Ésta no es la que quiero ser. Y las metáforas murieron junto a tantas otras cosas que intenté revivir y no pude. Contraigo la cara gesticulando torpemente, mostrando todas esas facciones horripilantes que deja ver al ser humano esplendorosamente vulnerable. Busco inefablemente el vestigio de lo poco que me conformaba pero no lo encuentro. Creo que te lo llevaste vos, o vos, hace mucho ya. Rehuso cada nota que retumba en mi cabeza por el miedo a dónde pueda transportarme esa música, como sólo la música sabe transportarnos a los recuerdos más recónditos que hemos buscado tapar con las banalidades del día a día y un sinfín de mediocridades que no nos terminan de agradar. Es entonces cuando giro la cabeza y te veo. En todos lados te veo, te busco, te encuentro. Cambio incansablemente de parecer y una vez más no hay palabras complejas en las cuales plasmar lo que siento. Envidio a aquellos autores que saben enroscarnos en sus frases haciendo que nos perdamos hasta encontrarnos de verdad. Yo no puedo, no soy así, y si lo era, repito, se fue con vos y me enoja. Vos, que no sabés ni quién sos ni quién quiero que seas, podés ser todo lo que quieras. Si estás en todos lados y generás todo esto, entonces querido mío, el mundo es tuyo. Vuelvo a escurrir una lágrima, pobre boba, quién sabe porqué. La inexpresable saturación alcanzada ya sabe de ser mejor que lo que yo he sabido nunca. No puedo ni siquiera devolverle la fe al destino, que a mi para qué me sirve. 
   Extraño todo eso que nunca viví. Extraño, entonces, una fantasía que me mantenía expectante y traía consigo un suspicaz entusiasmo de saber si con el día que llegaba, llegaría también aquello que andaba buscando sin animarme a admitirlo. El absurdo se entiende al saber que con el tiempo la espera se consumía y se reemplazaba por la desilusión y entonces me enojo. Quiero saber perder, resignarme, respirar hondo y dejar que sea (o que no sea) pero no puedo y es entonces cuando lloro, consumida por la impotencia de aún no poder entender que quizás deba acostumbrarme a que alguien pueda más que yo.
Hombre, ¿quien eres? ¿acaso puedo llamarte hombre? Un pedazo de fragilidad. El niño demasiado alto. Una aglomeración de miedos e inseguridades, una piel adornada de besos, adornada también de un sentimiento desestabilizador; y entonces creo que ese será el último contacto, me derrumbo.
Eso me pasa cada vez que me alejo luego de haber estado tan cerca. Tengo miedo, te tengo miedo, me tengo miedo. Aquel temor tan característico mío ahora te vuelve mi espejo y me veo en vos, viéndote en mi. Tu piel no me quiere soltar, ¿o yo no sabré soltarla a ella? Sentime, por favor. Sentime, amor, porque me desplomo ¿Qué clase de persona hace eso? No te entiendo, no comprendo. Esa vacuidad tan inexacta. Me abrazas como si no quisieras soltarme nunca. Pero cuando te vas jamás vi que voltearas a mirarme. ¡Qué pocas ganas de sentir! ¡Qué imprecisión tan precisa! Estás confusamente organizado y aveces dudo que te entiendas hasta que siento que te entendés sin mi y mi claridad se oscurece. Busco una luz que me alumbre y tu llama no sabe de arder si no cuando ella quiere. Pues será, ¡hombre!, que no te quiero a vos sino a tu simple idea. Será pues que te habré idealizado tanto en la forma de sentir que espero de vos algo que nunca sucederá. Vos no sos, entonces, eso que creí que eras. Sos una simple ilusión de lo que quería que fueras. Y entonces ahora sos y no quiero ver. Me vendo los ojos y sufro, y lloro y luego te echo la culpa.



Créditos compartidos con la Ardilla hace mucho muchísimo tiempo atrás.

martes

De la casa, con olor a té

Una angustiosa decepción ha inundado los pasillos de mi casa una vez más. Por más mudanzas que he hecho no conseguí nunca escapar de esta sensación de antipatía infeliz que suele recorrerme de pies a cabeza cada vez que un animoso viento se filtra por las ventanas y rendijas y plaga totalmente mi territorio. Numerosos especialistas han buscado, infinidad de veces, la solución para parar los torbellinos que rondan mi patio. El clima se vuelve caótico en el ecuador de mi hogar, nadie me supo explicar por qué. No está de más comentar que tiempos atrás el sol reverberaba en el cielo y mis antepasados eran ciertamente felices entre estas paredes, pero ha de ser necesario que se convierta en mi posesión para que el descontrol que traía conmigo se transpole a este desesperante clima que hoy me agobia.

El sol se escondió. El viento me duele. El frío me atrapa y las sombras me esconden. Ya no tengo lugar. Ya no hay paz.

Desatormentémonos.


Ya no huele a té...
Solloza el gris,
la soledad cuelga de tí
pesa tu piel,
llevas el tul azul y la tristeza en tí.



jueves

Por las noches el error


Dicen que el polvo inundaba el aire aquella noche de tal forma que respirar se volvía un suplicio y la tos atoraba las gargantas. Dicen que una luz blanca resplandecía por todos lados. Dicen que afuera hacía un frío que quemaba pero nadie se daba cuenta. Dicen que caí, doy fe de que así fue. Trastabillé entre mis errores, tantos, tan seguidos y tan graves. Digo yo que me dejaron caer y equivocarme. Culpo escandalosamente a los demás, me desligo de mis responsabilidades. De parte de ellas, al menos. Me presento aquí como una niña confundida y desorientada, y presento a los demás como los abusadores de mi inocencia. Los abusadores de mi consciencia. Dicen que cuando uno comete un error algo le pica en la nuca, y otra cosa le oprime los pulmones. Ya no sé porqué siento esos síntomas, nunca lo pude entender. Es casi injusto, es injusto. Mas me ahogan las dolencias. Victimas victimarias. Vencedores vencidos. Creo que estoy jugando el mismo juego, y después ya no entiendo más nada, y después confío, y después dudo. Dicen que me abracé a la calma de algo que nunca había existido. Dicen que disfruté momentos de mentira. Dicen que fue mi culpa. Digo que tienen razón. (Luego, en un ataque de narcisismo o cordura tal vez, digo que es culpa del resto y creo tener razón la mayor parte del tiempo. Dicen que tengo razón).  El futuro y el pasado se me cierran a los costados y el presente se destruye. No hay certezas, no hay realidad, no hay tiempo. No hay aire esta noche tampoco. Como aquella.

https://www.youtube.com/watch?v=vKJmXl8VN0Y