Una angustiosa decepción ha inundado los pasillos de mi casa una vez más. Por más mudanzas que he hecho no conseguí nunca escapar de esta sensación de antipatía infeliz que suele recorrerme de pies a cabeza cada vez que un animoso viento se filtra por las ventanas y rendijas y plaga totalmente mi territorio. Numerosos especialistas han buscado, infinidad de veces, la solución para parar los torbellinos que rondan mi patio. El clima se vuelve caótico en el ecuador de mi hogar, nadie me supo explicar por qué. No está de más comentar que tiempos atrás el sol reverberaba en el cielo y mis antepasados eran ciertamente felices entre estas paredes, pero ha de ser necesario que se convierta en mi posesión para que el descontrol que traía conmigo se transpole a este desesperante clima que hoy me agobia.
El sol se escondió. El viento me duele. El frío me atrapa y las sombras me esconden. Ya no tengo lugar. Ya no hay paz.
Desatormentémonos.
Ya no huele a té...
Solloza el gris,
la soledad cuelga de tí
pesa tu piel,
llevas el tul azul y la tristeza en tí.
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