jueves
26/08/14
Ávido de una lectura encantadora, no se decidía por ningún libro de su biblioteca. Se paseaba durante horas por delante de ella, rascándose la cabeza con una mano y acariciando suavemente cada lomo despintado por los años con la otra. A veces, muy a veces, tomaba un libro, lo sacaba del molde entre todo el resto, donde estaba perfectamente acomodado, y lo analizaba. Jamás abría la tapa, siquiera se permitía leer el resumen maltrecho que muchos autores osaban poner en la contratapa de sus obras, jugando con la idea de arruinar todo el texto en nombre de generar una intriga que muchas veces era vacía. Simplemente se tomaba unos instantes para olerlos, acercando la punta de la nariz a la cuerina desgastada, al cartón deshecho, para acariciarlos, sentir con la mano la delicada textura de las telas rotosas y ásperas que incluso muchos libros ya habían perdido, para mirar, primero cerrando un ojo y luego quizás el otro, el destello tornasolado que el contorno de cada letra dorada, ocre, plateada, blanca, negra o colorida dejaba ver cuando se inclinaba el libro hacia el sol. Sólo eso le bastaba a él para decidir si el elegido circunstancialmente era o no el libro perfecto para despilfarrar horas y horas de lectura. Sabía excelentemente que no cualquiera podría ser su compañero durante las tardes de lluvia en las cuales el mundo parece apagado y viejo; que no cualquiera podría acostarse junto a él, hasta que de tanto esfuerzo los ojos simplemente se cierren cansados y la mente viaje al mundo a la imaginación en su máximo esplendor; que no cualquiera sabría impregnarse del olor a infusión hecha con delicadeza, ese olor a azúcar derretida y a grano, semilla o hierba despojado ya de sus cualidades. Sin embargo nunca había encontrado aquello que andaba buscando. El tiempo y las repetitivas caminatas por delante de la estantería atiborrada de lecturas posibles se habían llevado sus años. Habían pasado ya tantas tardes lluviosas, ya tantas veces se había ido a acostar sin sueño, ya había desperdiciado el calor, el sabor y el olor de tan numerosas y diversas bebidas, que casi ni distinguía el título, que tantísimas veces había leído, de cada libro al cual continuaba mirando día tras día. Perplejo y falto de sensatez seguía paseándose de acá para allá por la biblioteca, mirando pero sin ver, tocando pero sin sentir, olfateando pero no apreciando ningún aroma, buscando, qué buscando, vida tras vida.
miércoles
¿Cuánto más aguantará?
Cuántas cosas ve derrumbarse con la simple concepción de una idea. Una leve sugerencia que se plantó en el borde de su oído y se fue escurriendo hasta adentrarse por su cerebro en el medio de su mente y ahí se instaló. Mordió, gruñó y luchó con capa y espada para defender su lugar. Peleó arduamente contra los deseos más intrínsecos y produjo las lágrimas más sentidas. Habría de volverse una realidad en el corto plazo mas quién podría haber imaginado la cantidad de destrozos que le implicaban al indefenso ser. Sueños, ilusiones e incluso una realidad destartalada se destruyeron con el simple contacto con aquello que había empezado como una posibilidad y ahora era una inminente verdad. No había margen de error, ya ni siquiera había vuelta posible que darle, eso planteaba y así habría de ser tarde o temprano. El hecho de que fuera tarde más que temprano sólo indicaba el nivel de ingenuidad y hasta una reconocida estupidez por parte de la persona que no podía desprenderse de su cotidianidad tan desdibujada. Ya ni le costaba reconocer que eso que vivía en el medio de sus pensamientos era lo más conveniente pero sencillamente no era lo que quería. Está más que claro que quería lo peor, y lo sabía. Por qué, no es concebible entenderlo. Pero así es, era, es.
Comienza ahora el levantamiento, el débil sacando fuerzas de donde no le quedan para alzarse contra la realidad que viene directo a aplastar. Ha de luchar en soledad para defender eso que es de varios, mas una sola persona parece querer plantarse para pedir que se quede esa mentira que tan mal acostumbrados nos tiene a todos.
Comienza ahora el levantamiento, el débil sacando fuerzas de donde no le quedan para alzarse contra la realidad que viene directo a aplastar. Ha de luchar en soledad para defender eso que es de varios, mas una sola persona parece querer plantarse para pedir que se quede esa mentira que tan mal acostumbrados nos tiene a todos.
martes
V
Extrema injuria acometida contra mi orgullo. He visto desplomarse, deseoso de dolor, a todo mi ego. Intrépidos han huido los culpables, ya hace tanto. Los rebeldes que se han reunido a despilfarrar rencor contra los escombros, sin embargo, son numerosos. Mis defensas están bajas y ya no tengo protección. Expuesta y débil me encuentro, vulnerable, profanable. En tiempos azules supe ser el ejemplo de fortaleza y valentía llevando mi suficiencia como estandarte. Mas hoy me encuentro aquí tan destrozada en lo más bajo del terreno, siendo abatida constantemente por las luchas de aquellos que se mofan de la intención que, tímida y dubitativa, ha intentando alzarse contra ellos. También he visto a los examines resurgir de entre los restos de su integridad para atentar contra la voluntad ajena; duele decir que en esta ocasión fue la mía. Cuentan que solía yo ser aquel guerrero que desplegaba todas sus fuerzas contra los inválidos y hoy, amarga ironía, heme aquí destruída. Pero no he de estremecerme de animadversión por mis contrincantes pues sé que mi entendimiento desde aquí es más claro, y que ellos, quienes con tanto coraje hoy se encaraman en la lucha, mañana sabrán surcar el suelo con sus lágrimas de angustia y decepción buscando la compañía y la comprensión de quien, como yo, resurja de entre la tierra para allanar su desarmada petulancia.
sábado
Llorando tras la puerta
Surgió efervescentemente de entre un pecho y otro. Comenzó a crecer a pasos agigantados, mordiendo la carne y la piel, llevándose todo puesto. De golpe asomó un calor incipiente, que como una llama que crece fue enardeciendo a los sentidos. Y yo sólo era de estar ahí, acostada mirando, pensando y respirando, buscando la forma de hacer todo eso a la vez, controlando que no se me escape el último suspiro que iba a llevarte tan lejos. Crecía pero creo que no lo viste ni sentiste crecer, ¿crecería sólo en mi, tal vez? Crecía y ¡cuánta confianza te agobia! por eso digo que te vas, y que cuando te vas, yo no quiero que vuelvas. Yo no quiero que vuelvas, porque cuando volvés todo hierve de nuevo y la desmesura de esto entre vos y yo ya se pierde mi vista, de tal magnitud. Hablo como si existiera, como si fuera casi un <algo> que tiene vida y siente, como siento yo, como dejás de sentir vos (¿me creerías si te dijera que antes de poner yo, puse vos? Iluso acto fallido, como si fueras capaz de sentir vos primero...o sentir y punto). Un día abrí los ojos y ahí estabas, pero parpadeé y ya te habías ido. Fantasma, sombra, ilusión, ¿qué sos? No te veo con los ojos, no te siente mi piel, mis oídos no te oyen, te aseguro que mi boca no te sabe y ojalá pudiera olerte. Pero puedo jurar que todos mis otros sentidos están hartos de vos, que vivís todo el tiempo acá, cuidando que esto que crece siga y siga creciendo.
Cuánto brilla el sol ésta noche, tanto que me he de recostar sobre las nubes para que el viento lo tiente y consiga que saque de mí todo este calor que se generó tan de a poco y que hoy quema tan fuerte.
Y he de seguir, tal vez, tendida sobre los restos de un aroma que ya no huelo, rendida al lado de un cuerpo frío que me incinera y me hace reír llorando. Expectante, como un niño a la hora de jugar, de que eso que mis sueños contemplan mi ser también lo viva. El goce desdibujado y reconstruido sobre las ruinas de un cariño opaco y una costumbre inexacta (¿acostumbrada a qué?) será mi compañero mientras tu vaivén tan característico invada mi vida. Hasta entonces he de seguir llorando tras la puerta, rogando porque ese adiós haya sido falso, porque eso que crece entre vos y yo, efectivamente exista, porque cuando acabás de irte, vuelvas, porque digas todo lo que espero quieras decir y no te animes, porque seas todo lo que deseo que seas, pero no sos.
Cuánto brilla el sol ésta noche, tanto que me he de recostar sobre las nubes para que el viento lo tiente y consiga que saque de mí todo este calor que se generó tan de a poco y que hoy quema tan fuerte.
Y he de seguir, tal vez, tendida sobre los restos de un aroma que ya no huelo, rendida al lado de un cuerpo frío que me incinera y me hace reír llorando. Expectante, como un niño a la hora de jugar, de que eso que mis sueños contemplan mi ser también lo viva. El goce desdibujado y reconstruido sobre las ruinas de un cariño opaco y una costumbre inexacta (¿acostumbrada a qué?) será mi compañero mientras tu vaivén tan característico invada mi vida. Hasta entonces he de seguir llorando tras la puerta, rogando porque ese adiós haya sido falso, porque eso que crece entre vos y yo, efectivamente exista, porque cuando acabás de irte, vuelvas, porque digas todo lo que espero quieras decir y no te animes, porque seas todo lo que deseo que seas, pero no sos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)