viernes

Carta a Federico


Es sorprendente la ceguera de las personas ante la conformidad. Saben, porque todos sabemos siempre, que está todo mal, pero mientras el malestar no se manifieste abiertamente se hacen (nos hacemos) los ciegos, los desentendidos.
  Se nota que no estás bien, pero ante la levedad de un "¿cómo va? -todo bien, ¿y vos?" cambian rápidamente el asunto evadiendo la preocupación que cada tanto mereces. Sabemos que te duele, vemos como estás, casi sollozando constantemente, con la mirada perdida en el infinito, sin moverte, sin hablar, consumido, desairado. Notamos que pretendes una suspicacia forzada cuando se te acercan demasiado. Te vemos sonreír y sabemos que es mentira, la felicidad cambia de definición con vos. Aveces me pregunto si soy el único que se da cuenta. Cuando me acerco y te golpeo el hombro ya no te siento, estás vacío, retumba mi mano sobre tu espalda.
  Me pregunto cómo te sentirás adentro tuyo, ¿estás muy solo ahí? Se ve como un espacio muy grande para alguien tan vulnerable. 
 Solías ser tan transparente, tan gentil, tan comprensivo, tan... Y hoy no sos nada, nada en absoluto. Sos un ente baladí que se mueve entre nosotros como si no estuviéramos, y nosotros le respondemos ignorándolo por igual. Una relación inexistente.
 Yo te extraño, no sé ellos, pero yo no me acostumbro a verte y que no me veas. Querido amigo, no es lo mismo reír sin tu risa. Hablar y saber que no estás escuchando se siente un despropósito. 
Hoy te escribo con mi mejor letra para que me leas, ya que hacerte escucharme me resulta imposible. Hoy yo abro los ojos, dejando atrás la ceguera, esa que los rodea a todos los que no te ven. Los abro buscando verte otra vez, cómo antes, cuando palmeando tu hombro mi mano se sentía contenida por ese algo que irradiabas, ese algo que hoy ya no está.
Hoy yo abro los ojos con la esperanza de que me veas mirarte y vuelvas a ser vos y a llenar ese vacío tan grande tuyo, Federico.

miércoles

A flor de piel

Días mueren cayendo del calendario que cuelga en el cuarto, camuflándose entre las paredes blanquecinas que relucen llantos condensados. El paso del tiempo le recuerda a épocas anteriores que lo colapsaron de dolor y aquellos días tan trágicos vuelven a su mente. Una lágrima se escurre por entre las pestañas, y resbalando por la piel llega hasta la espiralada oreja. Un año y algo más. Casualmente su memoria no falla y recuerda exactamente dónde estaba un año atrás. Quién hubiera dicho que, habiendo cambiado tanto, habría cambiado tan poco. Mata el tiempo comparando lo que era, lo que pasaba, y lo que es, lo que pasa. Y, a pesar de las inmensas diferencias, las similitudes salen a flote. Los sentimientos no cambian. Un año no basta si no hay una motivación real por cambiar. A él le cuesta entenderlo, mientras recostado en la cama limpia el llanto que chorrea cada vez peor. Pasea por sus recuerdos y se siente tan ajeno y a la vez tan partícipe; se relata para sí cada detalle, buscando inexorablemente entender cada situación vivida, sin embargo no le es del todo necesario porque al momento de oírse a sí mismo se encuentra con la sorpresa de que invocar a cada emoción sentida se vuelve más simple de lo esperado y de que aún tiene a flor de piel todo ese sentir. Es cuestión simplemente de socavar superficialmente en él para encontrar todo el caudal de sentimientos que exigen volver a reinar en el ser. Años pasan, años y más años, y no basta. No basta. Capas nuevas de piel tratan de ocultar todo lo que su alma puede rememorar, pero sigue estando allí, en su memoria, tan levemente oculto que demuestra las inmensas ganas de salir, en contraposición a lo poco que comunica. Mas no hay nada por hacer, ha de seguir recostado en su cama, limpiándose las lágrimas mientras los años sigan intentando tapar lo anterior, con la absurda esperanza de tal vez un día conseguirlo.
(Tal vez un día lo han de conseguir)

martes

El caminante


Quién sabe por qué pagos andará virando, caminando por caminos eternos que conoce tan bien, con su paso dubitativo y distendido, porque siempre camina paseando y el mentón le llega a la copa de los árboles más altos. Yo no sé donde está, puede que esté tan lejos como cerca, pero estoy segura que tanto su mente como la mía recuerdan con anhelo aquella conexión peculiar que nos caracterizaba. Existía un camino implícito entre ambos que nos guiaba estuviéramos donde estuviesemos, pero hoy no sé donde está y no hay guía que me lleve a su encuentro. Las cosas cambiaron tanto desde aquella época cuando era conmigo con quien caminaba y nuestros ojos no se cansaban de abrirse perplejamente ante cada belleza que el paisaje nos ofrecía. Hoy camina solo o en compañía de un tercero, agente extraño y fugaz, camina y reitero, yo no sé por donde. Simplemente me gustaría saber si su mentón seguirá volando alto ante la simplicidad de un caminar tan natural, tan llevadero como el de un niño que descubre al mundo por primera vez.

Pero, querido mio, yo no sé donde está y su caminar, por mal que me pese, ya no me incumbe más.