Es sorprendente la ceguera de las personas ante la conformidad. Saben, porque todos sabemos siempre, que está todo mal, pero mientras el malestar no se manifieste abiertamente se hacen (nos hacemos) los ciegos, los desentendidos.
Se nota que no estás bien, pero ante la levedad de un "¿cómo va? -todo bien, ¿y vos?" cambian rápidamente el asunto evadiendo la preocupación que cada tanto mereces. Sabemos que te duele, vemos como estás, casi sollozando constantemente, con la mirada perdida en el infinito, sin moverte, sin hablar, consumido, desairado. Notamos que pretendes una suspicacia forzada cuando se te acercan demasiado. Te vemos sonreír y sabemos que es mentira, la felicidad cambia de definición con vos. Aveces me pregunto si soy el único que se da cuenta. Cuando me acerco y te golpeo el hombro ya no te siento, estás vacío, retumba mi mano sobre tu espalda.
Me pregunto cómo te sentirás adentro tuyo, ¿estás muy solo ahí? Se ve como un espacio muy grande para alguien tan vulnerable.
Solías ser tan transparente, tan gentil, tan comprensivo, tan... Y hoy no sos nada, nada en absoluto. Sos un ente baladí que se mueve entre nosotros como si no estuviéramos, y nosotros le respondemos ignorándolo por igual. Una relación inexistente.
Yo te extraño, no sé ellos, pero yo no me acostumbro a verte y que no me veas. Querido amigo, no es lo mismo reír sin tu risa. Hablar y saber que no estás escuchando se siente un despropósito.
Hoy te escribo con mi mejor letra para que me leas, ya que hacerte escucharme me resulta imposible. Hoy yo abro los ojos, dejando atrás la ceguera, esa que los rodea a todos los que no te ven. Los abro buscando verte otra vez, cómo antes, cuando palmeando tu hombro mi mano se sentía contenida por ese algo que irradiabas, ese algo que hoy ya no está.
Hoy yo abro los ojos con la esperanza de que me veas mirarte y vuelvas a ser vos y a llenar ese vacío tan grande tuyo, Federico.