miércoles

A flor de piel

Días mueren cayendo del calendario que cuelga en el cuarto, camuflándose entre las paredes blanquecinas que relucen llantos condensados. El paso del tiempo le recuerda a épocas anteriores que lo colapsaron de dolor y aquellos días tan trágicos vuelven a su mente. Una lágrima se escurre por entre las pestañas, y resbalando por la piel llega hasta la espiralada oreja. Un año y algo más. Casualmente su memoria no falla y recuerda exactamente dónde estaba un año atrás. Quién hubiera dicho que, habiendo cambiado tanto, habría cambiado tan poco. Mata el tiempo comparando lo que era, lo que pasaba, y lo que es, lo que pasa. Y, a pesar de las inmensas diferencias, las similitudes salen a flote. Los sentimientos no cambian. Un año no basta si no hay una motivación real por cambiar. A él le cuesta entenderlo, mientras recostado en la cama limpia el llanto que chorrea cada vez peor. Pasea por sus recuerdos y se siente tan ajeno y a la vez tan partícipe; se relata para sí cada detalle, buscando inexorablemente entender cada situación vivida, sin embargo no le es del todo necesario porque al momento de oírse a sí mismo se encuentra con la sorpresa de que invocar a cada emoción sentida se vuelve más simple de lo esperado y de que aún tiene a flor de piel todo ese sentir. Es cuestión simplemente de socavar superficialmente en él para encontrar todo el caudal de sentimientos que exigen volver a reinar en el ser. Años pasan, años y más años, y no basta. No basta. Capas nuevas de piel tratan de ocultar todo lo que su alma puede rememorar, pero sigue estando allí, en su memoria, tan levemente oculto que demuestra las inmensas ganas de salir, en contraposición a lo poco que comunica. Mas no hay nada por hacer, ha de seguir recostado en su cama, limpiándose las lágrimas mientras los años sigan intentando tapar lo anterior, con la absurda esperanza de tal vez un día conseguirlo.
(Tal vez un día lo han de conseguir)

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