jueves

Experimento


Sus gritos quieren salir pero se chocan con los labios. Aprieta los dientes como si no hubiera un mañana, muerde su propio brazo con tal de acallar esas ideas que exigen salir. Sabe que un feroz tumulto de verdades pueden salir disparadas en cualquier momento y  teme de lo que puedan causar. No quiere hacerse responsable, pero su alma ya no resiste más. Golpea la pared, una vez más. Sus puños ya están marcados, y los nudillos lastimados. Respira hondo tratando calmarse. Se para nuevamente, mira atónito el reflejo otra vez. Sigue sin saber qué responder. La decepción y el desconsuelo inundan el cuarto, tanto como a él.
Ondas negras, tumultos confusos. Ideas, pensamientos, recuerdos. Sentimientos; dolor, impotencia, confusión. Extrañar. No extrañar. Querer. No querer, ¡arriesgar! No. Debilidad, otra vez. Ardor, sufrimiento. Todo es oscuro acá, ¿y allá?
"¿Por qué? Por esto" Respuesta casi inmediata.
Las manos frías recorren la pierna por sobre el pantalón. Siente cada yema en el roce. Se aprieta los ojos fuertemente, restregándolos. Está cansado. Resopla. No hay nadie en la habitación pero se siente muy observado. 
Incansables ganas de tirar algo contra la pared y verlo destruirse en millones de partículas diminutas. Está quieto pero mareado, los ojos se bambolean. Lee algo, se mueve, el espejo lo mira. Se relojea en el mismo, vuelve a leer. Escribe un poco, se cansa. Quita minuciosamente cada imperfección de su ropa. Bebe un sorbo de café mientras calienta sus manos apretando la taza. El espejo continúa mirándolo como deseando que él voltee. Tararea una melodía, mira para los costados ansioso. Los pulmones se inflan y se pichan. Lo está llamando, -no lo escuches.
Viento afuera de la ventana. Árboles que se mueven al compás de la vida. Un aire a comida casera llega desde la escalera y se escabulle por la puerta entreabierta. Pero a él nada lo distrae porque sigue sin saber que responder.
¿Responder a qué? Nadie le preguntó nada. A él mismo tiene que responderse. 

Ella. Él. Eso tan suyo. 
-Esto tan mío-

Toca y suelta. Lo llama otra vez. Mira y vuelve, veloz. 

Toca -Mi culpa. Tú culpa- Suelta. Recuerdo. Mano suave, se mueve con delicadeza por sobre la piel que se eriza. La perdió, pero no a su memoria. -Tú culpa- Toca y suelta. No resiste y mira. Se detiene largo rato. Inquietud, desesperación. Se voltea, ¿y la solución? 
- Yo tan... y él tan. Ella tan.- El puño va contra la pared y vuelve. Lágrimas incontenibles. Toca y suelta. Golpea y se arrepiente. No, no se arrepiente. Golpea. Voltea, se para, se mira, toca y suelta, golpeado. Agarra fuerte. Valiente y cobarde.

-Mi culpa, tú culpa. Y hasta acá- Lágrima. Golpea fuerte. Agente extraño. Estruendo. Un grito que se aleja cada vez más, pasos veloces. Ahora nada. La nada misma, negro y profundo. Ya no hay recuerdos. Ya no toca, ya no suelta. Nunca más.

martes

Llamado de atención


¿Alguna vez se pusieron a pensar que significamos en la vida? ¿qué somos?
"Somos lo que hacemos" ¿y qué hacemos? Lo que somos se basa en como aprovechamos los momentos.
Entonces, sonará trillado, pero no somos nada. Somos micro puntitos en un basto universo colorido. En toda nuestra existencia, con suerte, llegaremos a conocer un millonésimo de lo que el mundo nos ofrece, y no nos molesta en lo más mínimo. Muchos ni siquiera se esfuerzan por conocer eso, se quedan entre 4 paredes el 90% de su vida y lo llaman vivir. Disculpen, pero eso a gatas se llama existir. Vivir es otra cosa, vivir es reírse, llorar, amar, sentir, sufrir, correr, gritar, jugar, abrazar muy muy fuerte, exponerse a los golpes que nos quiera dar el destino, dejarse caer despacio, acariciar, reclamar cariño, ir y volver cuantas veces se nos de la gana porque podemos, eso es  es vivir. Pero ¡cómo nos cuesta entenderlo! Pocos y valientes son aquellos que viven, los admiro profundamente. No le tienen miedo a sufrir, conocen la alegría tanto como el dolor, saben llorar y sonreír casi al mismo tiempo, porque así, sintiendo, la vida vale la pena. 
Entiendo, también, porque yo misma me he refugiado en esa postura, que tanto la abstención como la seguridad que esta misma genera puede hacer a la vida "más llevadera". Pero pierde todo significado, entonces. Para eso ni nacía, che. Si voy a tener que estar acá por unos cuantos años aunque sea tengo que probar lo más que pueda, ¿no?
Y sí, sería lógico. Ahora también es lógico que los temerosos como yo arruguemos justo antes de meter primera y acelerar. Vivir es arriesgarse constantemente; existir, con certeza, nos ahorra muchos más golpes que vivir. Qué paradójico. 

Ahora vuelvo a mi idea principal; ante este planteo, ¿qué van a hacer? ¿Existir o vivir?

sábado

Aturdida en el interior del ser


(Posición fetal. La potencial libertad de aquel que no se quiere dejar ser.)
¿Importa la fuerza con que recibas un golpe si al fin y al cabo hay alguien que te está golpeando?
La columna vertebral se marca como pocas veces antes. Ambiente opaco, de paredes negras y eco abrumador. Retumban pretenciosamente los gritos que una y otra vez salen de esa boca callada. Aturden por lo sentidos que son.
Rompe en llanto.
Furor. Aprieta los párpados intensamente. Golpes rotundos. Libera todos los sonidos que siempre deseó, fluye sinceramente desde las más recónditas esquinas del ser.
La mirada perdida en un horizonte inalcanzable. Limpia las lágrimas que caen por el rostro, en un silencio incorruptible.
El cuerpo sereno y manchado de energía, se eleva alto descreyendo cualquier ley de la física. Todos los movimientos son armoniosos y perfectos. Salen de un sólo interior miles de voces al unísono. Caos y serenidad simultáneos. Está siendo en su máxima expresión.
¿Qué lleva a la saturación tal de una mente?
Opuestos que conviven. Lo libre y lo sumiso se confunden. Es en los adentros la que grita y levita, y para afuera sólo deja ver un vergonzoso llanto. 
Temor a la opinión. Un auto control tan grande como absurdo. Mientras llora con timidez, se pregunta el porqué de tanto silencio, ¿quién la obliga a callarse? Pero la respuesta no es necesaria, simplemente seguirá callada porque alguien así lo determinó alguna vez.
Ese que debía estar y no estuvo. Ese que usó y descartó a una persona como al objeto más burdo. Ese que burló con descaro. Ese que juzgó sin derecho y censuró sin piedad. Ese es el que incita al silencio. 

Habrá de llegar el día en que se inviertan los roles, y finalmente se eleve y aflore todo ese caudal de voz que encierra, pero no será hoy ni mañana. No es libre, y sufre por ello.

viernes

Terciopelo


Fue su fascinación. La miraba y se hundía en esos ojos color agua calma. Conocía detalladamente cada veta grisácea que se difuminaba en el azul. Sabía que cuando llovía se le volvían ligeramente más claros, y que la luz le hacía doler. En una oportunidad había contado sus pestañas, 186 pestañas negras y, extrañamente, 2 castañas. También sabía que tenía 15 lunares en la cara. Uno, el más notorio, en la comisura derecha de la boca. Pero su preferido era el de arriba del párpado; era pequeño y más claro que los otros, estaba un poco escondido tal vez, pero para él era aquel que más influenciaba en su bella mirada. También recordaba su sonrisa. Cuando sonreía, levantando primero la punta de la nariz y finalmente mostrando sus perfectamente alineados dientes, se iluminaba el mundo. Le gustaba la forma en que ella reía vergonzosamente, se acomodaba el mechón que siempre le caía sobre el lado izquierdo del rostro y luego levantaba la vista, cuando él le hacía un cumplido. Admiraba su piel, era tersa como la seda y fría y blanca como el marfil. Le gustaba rozarla con lentitud, sintiendo cada uno de sus poros. Notaba como ella se estremecía ante el contacto, lo que le hacía desear tocarla aún más. Lo hacía delicadamente. También disfrutaba de respirarla. Incorporaba su perfume como si fuera el oxígeno más elemental.
 Habían pasado juntos 3 meses. Aprovecharon cada hora, cada minuto. Se sintieron, se amaron. Hasta que un día, tan fugazmente como había llegado, ella se marchó de su vida. Puede que haya conseguido de él todo lo que quería. Se saturó de su aire, de sus caricias, cargó su maleta con el  amor y se fue, dejándolo solo. 
A él solo le quedó el anhelo de esa mirada azul y de esa perfecta piel, a la que todavía recuerda en detalle con solo cerrar los ojos.

miércoles

Exedente


Y paresé enfrente al espejo. Y respire. Más hondo, más. Meta panza, saque costillas. Y respire más hondo, ¡más! Tuerza la columna, incline los hombros. Miresé al espejo. Odiesé. Apretesé la panza. Juege con lo que sobra. Y respire más hondo, ¡más! Miresé de vuelta, ¿Cambió? ¿Cómo que no cambió? ¡Respire más hondo! Meta más panza, ¿Cómo que no puede? Saque pecho, encoja el estómago. Toquesé las costillas, ¿las siente? ¿cuánto? Sáquelas más. Gire para un costado, para el otro. ¡Meta más panza! ¡Respire más hondo! Doble las piernas para adentro. Ahora para afuera. El estómago, ¡no se olvide de encojer el estómago! Meta el pecho para adentro. Saque los hombros para afuera. Marque las clavículas. Ahora relajesé. ¿Cambió? ¿Cómo que no cambió? Meta panza otra vez. ¿Está respirando hondo? ¿Y el estómago? ¿Se ve? ¿Se gusta? ¿No se gusta? ¡Respire más hondo! Pongasé derecha. Ahora encorbesé. Sigue igual, ¿no?

Nos pasa. Me pasa. El ser que desde el espejo te mira te consume más que la sociedad en sí. ¿Qué vas a hacer con eso?

Borradores

Miles de cientos de oraciones que mueren en la papelera. Se me ríen por lo que no llegaron a ser. Cuentos, reflexiones, ensayos, poemas. Voces acalladas, al fin y al cabo. Mi voz acallada. ¿Por qué la callé? ¿Por qué me callé? Me intimidó lo que podían llegar a ser. Fueron, tal vez, justamente lo que tenían que ser. La cantidad perfecta de letras; de haber seguido se habría perdido el significado, se habría desvalorizado el sentido entero del escrito. Pero hoy los miro, incompletos como están, ¿qué les falta? Me pregunto si llegarán a ser lo que quiero algún día, si acabarán por ser monótonos y banales (al cabo de completarlos con letras que no les encajan) o si simplemente, como hasta ahora, morirán archivados.

martes

Veintitanto


Recurrí a lo que siempre recurro, esa metodología tan característica mía. Me di cuenta de que o soy muy predecible o realmente me conozco más de lo que creo (es irónico porque no recuerdo ni donde están mis lunares). Entonces me vi igual que siempre, buscando. Busqué hasta que encontré, porque yo hasta que no encuentro no paro. Pero no quería encontrar cualquier cosa, quería encontrar eso que sabía que me iba a destruir. Y lo hice. Y lo hizo. Y acá estoy, otra vez, es de noche y no me soporto. A nadie soporto. Me acongoja el mal humor. Siento cientos de cosas todas juntas y sacudiéndose adentro de mi cabeza. Che, me creía más inteligente. El que busca encuentra, dicen, y yo busqué y encontré (y sufrí). Me imaginé a ese cielo naranja. Esas calles tan hermosas y las caras rebosantes. Recordé, también. Cuando estoy así de susceptible a mi memoria se le da por funcionar mejor. 
¿Cómo cambian las cosas no?
Me sube, ahora mismo, un humo negro por el cuerpo. De a poquito me va manchando de su opacidad. Me dan escalofríos, pero no de los buenos que acostumbro sentir. No sé bien qué es esto que me está pasando, pero aprovecho a escribirlo a ver si mañana puedo entenderme mejor. Me duele. No mentira, ¿cómo me va a doler? Prefiero la negación y el auto convencimiento de que no me duele. Bueno, yo decía, como soy débil caí en la búsqueda masoquista. Sí, fue una búsqueda masoquista porque iba buscando eso. Vi como cada resplandor blanco me enceguecía un poquito más. Tuve pequeños momentos de regocijo, pero mayoritariamente los resultados de mi búsqueda fueron negativos, "mucho muy" negativos. No sé -ojala que sí, pero francamente lo dudo- si esto que encontré me vaya a servir para abrir los ojos y cerrar al corazón. Porque ahora como estoy lo único que quiero es más. Juro que me aprecio tan poco que si tuviera donde, seguiría buscando. La venda de mis ojos está ahí, por caerse, se tambalea un poco, baja y sube, se ríe de mi, pero al final se queda. Y yo sigo ciega. Mas no ciega, mejor dicho, veo todo pero no hago nada. Sé que tengo que correr lejos de esto pero sin embargo elijo quedarme. Sufro, me duele, me sube el humo negro, ¿y...? Nada. Me quedo acá, buscando más dolor.

Pero bueno, ahora los dejo, que me voy a seguir buscando.

lunes

Contaminación lumínica


Qué reconfortante es la oscuridad, ¿no se sienten más seguros, más confiados, más libres, cuando la luz no está presente? Es como estar en un vacío lleno; lleno de contornos, de figuras inentendibles, de siluetas que se camuflan entre las sombras. Uno siente que puede hacer (y ser) casi cualquier cosa, como si la oscuridad diera impunidad.
Y tal vez sea cierto, tal vez sí la da. Cuando no están los ojos para ayudarnos se tiene que aprender a mirar con otros sentidos, y ahí es cuando la cosa se vuelve linda. Se mira con las manos, con los oídos, con el alma. A oscuras, ya sea sólo o acompañado, uno descubre un lado de la vida que hasta entonces la luz tapó. No nos ciega una encandilante luminiscencia, finalmente podemos solamente ver lo que queremos y hacer solamente lo que sentimos. 
Los ojos en muchos casos solamente sirven para confundir. Ver puede doler. En tantos casos hemos visto cosas que nos destruyeron, piensen que si en esas oportunidades hubiesen estado a oscuras quizás se hubieran ahorrado muchos sufrimientos.

¡Ay bendita oscuridad! Me gusta sentirme abrazada por vos, me proteges. Estás siempre conmigo cuando te necesito, es sólo cuestión de apagar el interruptor.

Sos como una hermosa mentira que no miente, simplemente no cuenta, esconde tras las luces que se fueron lo que no queremos ver.

domingo

Significado no encontrado.

He aquí algo que escribí en abril de este año:

 El escalofrío del contacto no se hacía presente y comenzaba a recorrer, una vez más, el triste camino que solía a llamar karma. No podía escapar. Siempre me pasaba.

 Siempre me pasa. 



¿Ya empezó? Ya lo puedo sentir, casi lo reconozco cuando se acerca, distingo a los candidatos y no consigo hacer nada para evitarlo.

Reclamaba algo que no podía dar. Pedía un voto de confianza, otorgándoseme cosas que no devolvería. Suplicaba que me quisieran, pero yo no querría. O tal vez sí, porque a fin de cuentas, yo siempre quiero. Quiero muchísimo, quiero más que mucha gente, pero el cariño fluctúa nerviosamente en mi. Es que quiero querer y no lastimar, pero por eso ahora estoy saliendo lastimada yo, ¿ironía? 
Estoy perdida en la indecisión, buscando un plan de acciones coherente para llevar a cabo.
¿Sufrir? ¿Estar feliz? ¿Recluirme? ¿Disfrutar? No sé sí es lo que quiero, pensaba que si pero francamente me siento tan vacía así. Ser una persona insegura es un suplicio, como ya sabrán, pero sumado a eso ser fría, con miedo al compromiso, y una persona muy lastimada, eso sí que no puedo ni describirlo. Es asqueroso sentir lo que siento, porque siento tanto (y muestro tan poco). Muchos me describirían como hostil y antisocial. También bipolar y ciclotímica; puedo sentir todo un día y al siguiente no recordar ni que existen las emociones. Esto me está consumiendo.

Perdón, un pequeño traspié (otra vez) cayendo en temas banales que a fin de cuenta a nadie le importan, ni a mi.

Las almas que viajan solas

Elisa camina sola, está acostumbrada. Se coloca los auriculares, la capucha, y va de frente contra el frío importándole poco el resto el mundo. Martín, en otro rincón del mismo barrio, camina también por su cuenta. Ninguno de los dos puede, sumido en su soledad y en su música como están, llegar a imaginar que sus vidas podrían cruzarse. Quizás se hayan pasado por al lado en varias oportunidades, pero no suelen prestarle atención a los detalles (o mejor dicho a nada). Cada uno tiene una vida difícil a su modo. Bah, si lo pensamos un poco todas las vidas son difíciles, pero las de ellos los acomplejan particularmente. Elisa cada día trata de pensar menos y busca formas cada vez más peculiares de distraerse. Martín por su parte es un joven tan alegre como callado, misterioso y suspicaz a la vez. Encantaría a cualquiera. Pero tiene que encantar a Elisa; son sus vidas las que se cruzan en esta historia. Un día sus burbujas de aislamiento se romperán y sus miradas se cruzarán. Será un segundo único e irrepetible que les cambiará el destino radicalmente. Aunque ahora no conciban ni la idea de la sola existencia del otro, van a necesitarse. Necesitarse mucho. Van a crear entre ambos un refugio del dolor y de los problemas que los atormenten, hasta llegar al punto de no poder lidiar con ellos sin la compañía del otro. Quizás se amen. Quizás, también, sea simple necesidad de afecto. Pero pensar en eso sería adelantarse, porque su historia todavía no ocurrió. Elisa es temerosa y probablemente huya en el segundo que sus ojos choquen con los de Martín, quien a su vez no detendrá la música para charlar con ella. Sus vidas podrían cruzarse, pero no lo van a hacer. Seguirán caminado solos, pensando enérgicamente en las miles de ideas que rondan sus cabezas, sin notar la presencia de aquel que podría hacerlos salir de la pena en la que están sumidos. Podrían complementarse perfectamente, dándose todo lo que necesiten. Pero esta vez como tantas otras, el miedo y la resignación serán más fuertes. Y sus almas seguirán andando solas.

viernes

Aroma carmesí


Posee una mirada excepcional y analizable. Se la pasa construyendo murallas que nos obsesionamos en desmoronar. Está ciego de dolor pero nadie lo sabe. 

Viene y va sin rumbo. Lo observo en su inquietud desde mi lugar, siempre el mismo lugar. Ya es rutina. Prende un cigarrillo tras otro, pregunto que música escucha, hacemos comentarios aislados y nos callamos. Y valoramos los silencios. Y cuando alguno tiene algo interesante que decir lo comparte, y el otro se ríe tontamente. Y nos callamos otra vez. Y lo abrazo, tal vez.  Que sensación más extraña de sentir. Que cuerpo más cálido en una coraza tan fría. 

Una vez lo escuché, me anonadó tanta comunicación junta. Hablaba sumido en una vorágine de palabras que le dolían como astillas clavadas, yo notaba y hasta entendía el dolor con solo oírlas. Fue como una olla a presión a la cual de repente le levantan la tapa, liberando al vapor indomable. De golpe se calló. Quizás se sintió absurdo, quizás pensó que no me interesaba, quizás se avergonzó de la liberación. 

Camina a un ritmo lento y constante. Paso firme y seguro. Tiene una sonrisa tan transparente como brumosa. Sé que esconde algo pero no consigo saber qué. Es un metal muy duro al que hay que roer de a poco. Tiene un aire inconfundible. Es lindo respirar hondo al tenerlo cerca. 

Me cuentan que amó, y que ama. Y si lo pienso es verdad, se nota. Alma lastimada si las hay. Mal destino eligió. 

Me identifico absurdamente con él, tal vez por eso lo aprecio como lo hago. Raro en mi esto de apreciar tan rápido.

Recluido siempre ahí, donde todos sabemos que está, probablemente sepa mucho más de vivir que nosotros. Es profundo y lo esconde bien tras un armazón irrompible. Chistoso, básico, uno más, siempre aparentó ser eso.

Me pregunto si alguien se lo cree. Me pregunto si él se lo cree.

miércoles

15/01/10 15 pm


Subió llorando al colectivo. Los quince minutos que estuve en su presencia, desde Juramento hasta Libertador, fueron los más gloriosos que jamás viví.
Un rostro tan angelado...
Se sentó justo enfrente de donde estaba yo, pero en ningún momento levantó la vista. Las lágrimas de cocodrilo le caían por la cara corriéndole el maquillaje y llegando hasta el peculiar dije que colgaba de su cuello. Me llamó la atención la poca importancia que le dieron los demás pasajeros. Era muy hermosa. En sus ojos verdes no se veía más que decepción. Al menos eso veía yo, por ahí es que yo siempre veo lo que quiero ver o aveces ni siquiera veo. Pero a ella la vi, la contemplé con todos mis sentidos. Desolación, temor y juventud en una misma persona. Había caído del cielo. Miraba por la ventana como buscando en las calles el consuelo a su drama. Ignorando completamente cualquier norma ética, prendió en pleno colectivo un cigarrillo. Philip Morris mentolados. Sacó la mano por la ventana y al aproximarse a la segunda pitada, varias señoras indignadísimas obligaron al chofer a pedirle cordialmente (o no tanto) que se baje. Chistó rezongonamente mientras tiraba el cigarrillo entero por la ventana y se abalanzaba sobre la puerta. Pasó por delante de mi asiento chocandome sin pedir perdón, pero a mi solo me importó el perfume que emanaba su castaño cabello enrulado. Se limpió la cara de lágrimas, echó una mirada de odio profundo hacia todos los pasajeros que alcanzó su vista, y bajó brutalmente. Me quedé observando por la ventana su destino ya en la calle, mientras el colectivo esperaba, detenido por un semáforo. La joven miraba para ambos lados de la vereda como buscando. Las personas la chocaban como si no existiera mientras ella rompía a llorar otra vez.
Ya pasaron 3 años y 7 meses desde ese viaje en colectivo y aún hoy sigo preguntándome quién o qué hizo llorar así a un ser tan magnífico, preguntándome si seguirá fumando Philip mentolados y viajando en el 130 a las 15 de la tarde, si la seguirán echando por romper reglas, si seguirá mirando con odio indiscriminadamente, con esos ojos color esmeralda tan bellos, si seguirá colgando ese dije de su cuello.
¿Cuántas personas nos habremos cruzado, con el corazón destrozado y los ojos húmedos, y ni siquiera lo notamos? ¿Cuántos hay que hacen llorar a los ojos más hermosos sin un mínimo de compasión? ¿Cuántos a los que una vez que los lastiman deja de importarles todo?

lunes

¡Sonrían a cámara!



Tengo que sacarlo todo. Todo. Todo. Lo más que pueda. Algo, aunque sea. Un mínimo, por favor.

Me resulta imposible, debido tal vez a mi limitado vocabulario o a mi dificultad para expresarme (tanto así como a mi dificultad para entenderme) tratar de explicar siquiera lo que me pasa, motivo por el cual van a tener que conformarse con que les detalle lo que tengo adentro.


Acá voy: 
   Una nebulosa opaca llena de palabras que no consigo entender. Marañas violetas. Golpes color rojo furioso. Gritos acallados toscamente que después de tanto luchar por salir, gastan sus últimas fuerzas en no morir en el rincón de una mente. Letras, miles de letras desordenadas. Ganas de algo que no descifro aún. Láminas negras puntiagudas que se me clavan en los órganos y hasta parecen existir en realidad. Suspiros agolpados. Respiraciones que, por haber sido controladas, ahora se conglomeran adentro mío. Latidos que al corazón no le dejé hacer en alguna oportunidad. Ojos de nadie que me miran. Una nena muy chiquita que corre desorientada, o corría, al menos, porque ya se está cansando (sí, tengo una nena adentro). Mariposas muertas. Comportamiento pasivo-agresivo que fue tapado por una sumisión impregnante. Pensamientos que no me dejé expresar. Ideas en un verde agua tan calmo que no se sienten encajar entre tanta oscuridad. Hambre, sueño y sed insaciados. Imágenes como cohetes que pasan y se van. Casi no se dejan ver. Turbulencias. Vientos intensos que arrasan. Que me arrasan. Sentimientos que alguna vez ordené, alzándolos en construcciones hoy destruidas. Rayas filosas que cortarían hasta con la paz más armoniosa. Desechos de los demás que por algún motivo me guardé, porque siempre me guardo los restos de los otros. Todo mezclado y mareado en algo tan chiquito como un ser. Yo.
Eso es lo que tengo, más o menos. Serían "los síntomas" de algo que nadie me sabe decir qué es. Si alguien descubre que me pasa, se lo agradecería.

viernes

Miles de tristes Lucías.


Suspiró profundamente. Lucía, fugaz Lucía. Se tiró sobre el banco, los ojos se le iban hacía la ventana. Las ojeras pesadas por no dormir. El cabello ondeado y rojizo que le caía sobre el rostro disimulaba la somnolencia y el desasosiego. El sol le pegaba en la cara. Alguien la miró de reojo con un aire intimidante. Quizás no fue un aire intimidante, si no el hecho de que a Lucía todo la intimidaba. Minutos antes era un resorte que revoloteaba por todos lados, y así, tan de la nada como solían ser los cambios de humor en ella, Lucía se apagó. Puede que no haya encontrado la respuesta que buscaba a una pregunta que nunca había formulado. O tal vez fue esa necesidad insatisfecha que veía disfrutar a los demás. Un abrazo. Sólo eso necesitaba, un abrazo. Y no lo encontró, al menos no de la forma en que quería. No le quedó opción más que dejarse caer, como si fuera una pequeña plomada. Desde allí donde estaba, con la cabeza de costado, observaba a todos a su alrededor. Un profesor que hablaba creyendo, ingenuamente, que alguien lo escuchaba. Compañeros tan sumidos en su mundo como ella misma. Los pulmones se desinflaban y luego se hinchaban haciendo que las punzantes costillas de Lucía se claven contra la mesa. Pájaros que eran acallados por el bullicio de la calle. Todo era observable para ella, mas ella no era observable para nadie. Pasaba desapercibida, era casi transparente. Cuando alguien aproximaba sus conclusiones a lo que Lucía atravesaba ("Che piba, ¿estás bien?"), ella sonreía falsamente y jugaba con las palabras, aclarando cualquier duda con inocencia y frescura. 

Invisible.

Miles de gritos y centenares de palabras que buscaban liberarse chocaban contra los dientes apretados a causa de los labios sellados de Lucía. Quizás hubiese necesitado pararse y desligarse de todo ese enorme caudal de voz y de ideas que exigían salir, pero en lugar de eso prefería mirar fijamente a puntos absurdos, o pasear su vista por detalles inciertos. Entonces, tirada sobre el banco y observando, pensó. Alucinó con millones de posibilidades que al cabo de un rato en la cabeza se le volvían patéticas. Lucía sufría de un autoestima consumidor que no le dejaba ni espacio para imaginar. No caminaba, más bien vagaba súbitamente, arrastrando los pies. Mirándose al espejo buscaba enderezarse, pero poco le duraba. Inhalaba hondo y sacaba sus costillas al extremo, gracias a una percepción errónea que tenía del individuo del reflejo. Individuo al que por cierto odiaba. Resignada y aturdida por las miradas (porque según ella todos la miraban, pero nadie la veía) volvía a su silla, se sentaba, y se desplomaba contra la mesa. Cuando fue necesario, ella sonrió, rió e hizo reír, habló, corrió, saltó, resplandeció, pero esa cada vez se alejaba más de la verdadera Lucía.

Pero no hablaré más de ella porque sería injusto. Es lógico pensar que ella es una más entre cientos que se tiran constantemente contra los bancos, miran pero no son miradas, piensan pero no hacen, existen pero no viven. 

jueves

De los ombúes

Infinitas calles, espléndidas, luminosas, repletas de todo. Se adosan a la gran ciudad, le otorgan ese no se qué tan peculiar que tanto atrae. Muchos podrán sentirse aturdidos o perdidos mientras recorren, apurados y sumisos. Probablemente yo misma opinaría eso si tuviera lo suficientemente cubierta "mi cuota de ciudad", pero al ser una miembra más de los suburbios me rehuso a encontrar tantos agravantes en los bellos, bellos caminos de la ciudad. Árboles infinitos que parecieran tocar a las esponjosas nubes, magníficas construcciones adornadas de un dorado aún más resplandeciente por el reflejo del sol, caras quizás conocidas, quizás por conocer, colores, formas, energías, vida. Es tan sólo cuestión de conocer los lugares precisos, las esquinas ideales, las calles más introvertidas, que son las que más tienen para ofrecer, paraísos desconocidos que por lo cotidiano tendemos a ignorar. Hay que saber recorrer por los paisajes indicados, en el momento indicado, y tal vez, con la compañía indicada (muchas veces uno mismo es la única compañía necesaria). Y así, paulatinamente, llenarse de la luminosidad de la ciudad, que purifica y libera.
Ves los rostros tan confundidos y rebozantes a la vez. Acciones, emociones, sentimientos, pensamientos. Todo colisiona, todo en la ciudad.

miércoles

La curiosidad mató al gato...y el gato soy yo.


Golpe de euforia en el corazón. Esa es la definición exacta. Es como si el órgano se estirara muy de golpe. Como si hubiese estado dormido mucho tiempo y de repente algo le hiciera recordar su condición latente. Esta no es una clase de euforia buena. Es horrorosa. Vivís tu vida lo más tranquila posible, sin sobresaltos, hasta que algo cambia rotundamente el giro de las acciones, y ahí lo sentís renacer a eso que tenías escondido tan adentro. Se te adormece el cuerpo, se te desconectan las neuronas unos instantes.

 Lapsus. 


Y ¡PUM! el corazón gritó. Y en ese grito demostró más que las mil reacciones biológicas que sufrís cuando te duele. Te duele, ¿qué cosa? ¿el cuerpo, el alma, la mente? A mi me duelen los pensamientos. Pensar me duele, me destruye. Me inflo de pensamientos hirientes que uno tras otro buscan su turno para golpearme. Pensar me duele, entonces. Saber también. "El saber no ocupa lugar" dicen, pero el saber mata, y a eso no lo acepta nadie, ¿cuántas personas son realmente más felices en la ignorancia? Muchas. Me entretengo pensando en los gritos del corazón que me podría haber ahorrado de tan solo no saber. En la esquina más obsoleta de mi cabeza, sin saber ni pensar nada, sería feliz. Y nada me golpearía, y no preguntaría cosas cuyas respuestas sé que lastiman, y no sufriría por lo que tengo ni por lo que me falta. Y así, tan simple, viviría en paz. En la ignorancia, en la ausencia de pensamientos relevantes.

Mejor dejo de escribir, porque cada letra me aproxima a un grito más del corazón.

domingo

Ana

Ana es un muchacha hiperactiva y llena de vida. Si la ven, seguro está saltando, riendo o haciendo reír. Nunca subió a un colectivo, los detesta. Dice que no hay nada mejor que su bicicleta, o caminar. Viajar en tren, en cambio, sí le gusta, pero no a un lugar determinado. Cada tanto se sube a un tren, al primero que venga, y viaja. Mira por la ventana todo el camino, mientras escucha música y piensa. Cuando llega a destino da un paseo por el lugar y vuelve a subir. Sonríe siempre que puede, dice que las sonrisas curan al alma. Es el ser más risueño que puedan llegar a conocer. Es generosa y considerada. Es rebelde y soñadora. Es ansiosa como pocas. Y eso me lleva a la otra parte de Ana. Ana no duerme. Con sus 17 años, se pasa la noche pensando en crecer. Tiene miles de ideas en la cabeza, y se dedica a acomodarlas cada noche. Café tras café, un cigarrillo cada tanto, prefiere adelantarse a lo que está por venir que dormir. Ana está siempre esperando, espera ser amada, espera un poco de amistad, de contención. Quiere salir de ese mundo vulgar de niña y convertirse en mujer. Mientras toda la familia está acostada en sus camas,  ella se la pasa escribiendo, cantando, bailando, jugando. Ansía explorar ese mundo que desde su ventana se ve tan pacífico, pero sabe que está lleno de maravillas que la sorprenderán. Y todo esto no la deja dormir, la impaciencia del mañana que no llega. Se las rebusca para soñar despierta noche tras noche. Sus ideas revolucionaras prometen llevarla lejos, pero cada tanto, también, se apabulla y atenta contra su propio futuro. Es un ser transparente y lleno de luz, pero como cualquiera tiene esa contracara gris y triste que tira y tira para abajo. Después de horas y horas de fantasear con el porvenir, ella misma se sabotea y decae. Deja de bailar, cambia la música, se tira al piso y llora. Tal vez por miedo, quién sabe. Y luego de llorar, al llegar la mañana a iluminar la intricada y magnífica ciudad, las esperanzas de Ana se renuevan y retorna su sonrisa. Y la historia recomienza.

jueves

El alma en carne viva

"¿Te hace sentir poderoso que otro se enamore de vos? ¿Te gusta, te sube el autoestima saber que hay alguien que te otorga su cariño? " 
Que palabras más exactas para la ocasión. Resumen en dos simples preguntas lo que me tomo años entender. La respuesta es sí. Consecuentemente uno se formula una nueva pregunta, "¿por qué?"
Y les aseguro que el día que logre responderla se va a solucionar gran parte de mi vida, ¿por qué el hecho de que alguien sienta o no cariño, se enamore o no de nosotros, nos hace (me hace) sentir así?
Francamente ya no puedo ni confiar en mis emociones; puedo creer que quiero incondicionalmente, que amo con locura, pero en determinado momento todo eso que creía sentir se desvanece dejándome varada en el vacío mismo. En momentos previos puedo, también, sufrir horrorosamente anhelando que me quieran, que me necesiten, que me den afecto, que se enamoren de mi. Pero cuando finalmente consigo lo que busco, (si es que lo consigo) me harto. Esa es la palabra. Casi tan de repente como comencé a desear ser querida, dejo de hacerlo. Algo brusco y radical, casi violento. Otro de los asuntos que complican la cuestión es el hecho de que confundo esas ganas de ser querida con cualquier cosa. Aveces creo que es amor, aveces creo que es odio, aveces creo que es lástima, aveces creo que "nací para tal o cual persona", "que tenemos que ser mejores amigos por la eternidad" cuando no, sinceramente ninguna semejanza con la realidad.  No voy a negar que les tengo aprecio a las personas que deseo que me quieran, pero es irracional llegar a pensar que siento cosas tan extremas. No es lógico lo que sufro por el hecho de que no devuelven lo que creo que les estoy dando, cuando en realidad no les doy nada, y si se los doy termina no siendo sincero, porque de serlo les aseguro que el sentimiento no moriría tan rápido. Debe ser algo psicológico, no sé. Algo muy muy reprimido en el rincón más apartado de mi cabeza, o de mi alma. Esa desgarradora necesidad de que se me aferren. No que se aferren a mi, que se me aferren. Que estrujen mis costillas, que me aprieten con el corazón latiendo rápido, meciéndonos y rogando que no me aleje más. Sólo para que cuando lo hagan tenga el poder de destruir sus emociones, como quizás alguna vez destruyeron las mías. Que asquerosidad sentir eso. Cuánta inmundicia tengo adentro. Espero nunca haber conseguido mi objetivo, y nunca hacerlo. Porque aunque ahora me frustre, putee, me paralice, desee intensamente, sufra, me desgarre, me desarme, (¿a qué iba?) aunque ahora todo eso, me lo tengo merecido. Yo sola, un pie primero y el otro lo sigue, me meto en esto. Me lo busco, porque me encanta. Me encanta sufrir por la leve posibilidad de algún día devolver ese sufrimiento. Casi poderosa. Casi, porque no me sale. Al final la que termina sufriendo soy yo, aunque ni siquiera quiera de verdad. Entonces, recapitulando, sufro porque soy lo suficientemente estúpida para (inconscientemente, lo juro) querer que sufran por mi. Debo reconocer que el karma hace bien su trabajo, 

Y bueno, no sé, sigamos, haganme sufrir, que al parecer me encanta.