Infinitas calles, espléndidas, luminosas, repletas de todo. Se adosan a la gran ciudad, le otorgan ese no se qué tan peculiar que tanto atrae. Muchos podrán sentirse aturdidos o perdidos mientras recorren, apurados y sumisos. Probablemente yo misma opinaría eso si tuviera lo suficientemente cubierta "mi cuota de ciudad", pero al ser una miembra más de los suburbios me rehuso a encontrar tantos agravantes en los bellos, bellos caminos de la ciudad. Árboles infinitos que parecieran tocar a las esponjosas nubes, magníficas construcciones adornadas de un dorado aún más resplandeciente por el reflejo del sol, caras quizás conocidas, quizás por conocer, colores, formas, energías, vida. Es tan sólo cuestión de conocer los lugares precisos, las esquinas ideales, las calles más introvertidas, que son las que más tienen para ofrecer, paraísos desconocidos que por lo cotidiano tendemos a ignorar. Hay que saber recorrer por los paisajes indicados, en el momento indicado, y tal vez, con la compañía indicada (muchas veces uno mismo es la única compañía necesaria). Y así, paulatinamente, llenarse de la luminosidad de la ciudad, que purifica y libera.
Ves los rostros tan confundidos y rebozantes a la vez. Acciones, emociones, sentimientos, pensamientos. Todo colisiona, todo en la ciudad.
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