viernes

Miles de tristes Lucías.


Suspiró profundamente. Lucía, fugaz Lucía. Se tiró sobre el banco, los ojos se le iban hacía la ventana. Las ojeras pesadas por no dormir. El cabello ondeado y rojizo que le caía sobre el rostro disimulaba la somnolencia y el desasosiego. El sol le pegaba en la cara. Alguien la miró de reojo con un aire intimidante. Quizás no fue un aire intimidante, si no el hecho de que a Lucía todo la intimidaba. Minutos antes era un resorte que revoloteaba por todos lados, y así, tan de la nada como solían ser los cambios de humor en ella, Lucía se apagó. Puede que no haya encontrado la respuesta que buscaba a una pregunta que nunca había formulado. O tal vez fue esa necesidad insatisfecha que veía disfrutar a los demás. Un abrazo. Sólo eso necesitaba, un abrazo. Y no lo encontró, al menos no de la forma en que quería. No le quedó opción más que dejarse caer, como si fuera una pequeña plomada. Desde allí donde estaba, con la cabeza de costado, observaba a todos a su alrededor. Un profesor que hablaba creyendo, ingenuamente, que alguien lo escuchaba. Compañeros tan sumidos en su mundo como ella misma. Los pulmones se desinflaban y luego se hinchaban haciendo que las punzantes costillas de Lucía se claven contra la mesa. Pájaros que eran acallados por el bullicio de la calle. Todo era observable para ella, mas ella no era observable para nadie. Pasaba desapercibida, era casi transparente. Cuando alguien aproximaba sus conclusiones a lo que Lucía atravesaba ("Che piba, ¿estás bien?"), ella sonreía falsamente y jugaba con las palabras, aclarando cualquier duda con inocencia y frescura. 

Invisible.

Miles de gritos y centenares de palabras que buscaban liberarse chocaban contra los dientes apretados a causa de los labios sellados de Lucía. Quizás hubiese necesitado pararse y desligarse de todo ese enorme caudal de voz y de ideas que exigían salir, pero en lugar de eso prefería mirar fijamente a puntos absurdos, o pasear su vista por detalles inciertos. Entonces, tirada sobre el banco y observando, pensó. Alucinó con millones de posibilidades que al cabo de un rato en la cabeza se le volvían patéticas. Lucía sufría de un autoestima consumidor que no le dejaba ni espacio para imaginar. No caminaba, más bien vagaba súbitamente, arrastrando los pies. Mirándose al espejo buscaba enderezarse, pero poco le duraba. Inhalaba hondo y sacaba sus costillas al extremo, gracias a una percepción errónea que tenía del individuo del reflejo. Individuo al que por cierto odiaba. Resignada y aturdida por las miradas (porque según ella todos la miraban, pero nadie la veía) volvía a su silla, se sentaba, y se desplomaba contra la mesa. Cuando fue necesario, ella sonrió, rió e hizo reír, habló, corrió, saltó, resplandeció, pero esa cada vez se alejaba más de la verdadera Lucía.

Pero no hablaré más de ella porque sería injusto. Es lógico pensar que ella es una más entre cientos que se tiran constantemente contra los bancos, miran pero no son miradas, piensan pero no hacen, existen pero no viven. 

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