Golpe de euforia en el corazón. Esa es la definición exacta. Es como si el órgano se estirara muy de golpe. Como si hubiese estado dormido mucho tiempo y de repente algo le hiciera recordar su condición latente. Esta no es una clase de euforia buena. Es horrorosa. Vivís tu vida lo más tranquila posible, sin sobresaltos, hasta que algo cambia rotundamente el giro de las acciones, y ahí lo sentís renacer a eso que tenías escondido tan adentro. Se te adormece el cuerpo, se te desconectan las neuronas unos instantes.
Lapsus.
Y ¡PUM! el corazón gritó. Y en ese grito demostró más que las mil reacciones biológicas que sufrís cuando te duele. Te duele, ¿qué cosa? ¿el cuerpo, el alma, la mente? A mi me duelen los pensamientos. Pensar me duele, me destruye. Me inflo de pensamientos hirientes que uno tras otro buscan su turno para golpearme. Pensar me duele, entonces. Saber también. "El saber no ocupa lugar" dicen, pero el saber mata, y a eso no lo acepta nadie, ¿cuántas personas son realmente más felices en la ignorancia? Muchas. Me entretengo pensando en los gritos del corazón que me podría haber ahorrado de tan solo no saber. En la esquina más obsoleta de mi cabeza, sin saber ni pensar nada, sería feliz. Y nada me golpearía, y no preguntaría cosas cuyas respuestas sé que lastiman, y no sufriría por lo que tengo ni por lo que me falta. Y así, tan simple, viviría en paz. En la ignorancia, en la ausencia de pensamientos relevantes.
Mejor dejo de escribir, porque cada letra me aproxima a un grito más del corazón.
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