lunes

Don Juan y su bella dama.

Acá te venís buscando, acá te encontrás, y acá te dejo. Llorando lágrimas que ni siquiera puedo llorar, prefiero abrazarme a la fuerza que consigo sacar de los escombros. No fuiste más que una introspección inducida, un paseo por mi interior, un descubrimiento, un cambio a costa de, y no gracias a. Fuiste un recuerdo, tal vez dos. Fuiste increíblemente peor que mejor. Fuiste, y pasaste sin dejar nada en mi; yo tampoco dejé nada en vos. Un desperdicio, dicho brutalmente. Una lección auto impartida. Quizás era necesario saber lo que se sentía, quizás era necesario remover esas cenizas de todo lo mío que se incendió años atrás. Quizás, es verdad, no es por vos. Fehacientemente no es por vos, si no por mi. El tiempo pasa y pasará, las cosas ya volvieron a la normalidad, a tu normalidad. Mi realidad quedó alterada, conmocionada, en revisión permanente. No escondiste sorpresas, algún que otro misterio que pude descifrar con desilusión. No había, realmente, tanta vuelta que darle. No tiene importancia, es verdad, no afecta si no a una persona dañada por la historia previa cuyos por menores, por negados o superados que hayan parecido, dejaron una marca imborrable que hoy se desborda. Podré quejarme, dolida y decepcionada, de los ritmos, de las velocidades, de las decisiones, de las intenciones, del gasto en vano. Me sobre doté de ingenuidad y buena voluntad sin que nadie me lo pidiera, ahora no cabe si no reconocer mi error. Un tremendo desengaño tras épocas del deseo de avistar esas señales que no se veían. Un vaivén que yo sé no pudiste manejar, pero qué necesidad de mentir cuando te gritaban verdades. Supiste ser la negación y la utopía, tu propio anhelo quimérico que, por poco probable que se hacía en vos, ni supe ver que no me involucraba y que nunca lo había hecho.  Me dejé enredar por la confusión ajena, contrarrestando el hecho de que empezaba a desmarañar mis nudos tan ceñidos. Desplazada, me cuesta entender qué diferencia me aquejó. Pero no hay respuesta que darle, fui diferente y alcanzó. Ya no puedo negar ese trato, ya no puedo negar las ganas y la falta de ellas. Ya no tengo reclamos que hacer; nunca tuve reclamos que hacer. Y ya no puedo más, todo se desplomó, tanto tiempo acumulado, malgastado, tanta fe en nadie. La realidad me golpeó y me gritó todo lo que ya sabía pero no quería escuchar. Y no es por vos, es por todos. Tu relevancia es ínfima, sos uno de los tantos, sólo que fuiste el detonante de todo aquello que me negaba. Hoy, un nudo en el estómago, un latido fuera de lugar, una relajación involuntaria de cada músculo, un oído de más, un ardor, un dolor. Y hoy, espero, acá te quedás, mientras yo me reconstruyo como tantas veces antes.

miércoles

-Tengo tanta hambre.
-Sí, yo también.
Ambos saben que mienten, la complicidad está implícita en esa duda que por temor a volverse certeza, se refleja en lo que creen más socialmente adecuado.
Unas pocas frases desacertadas e incómodas merodean a las preguntas que no se animan a ser, porque ellos no las dejan. Comparten tanto, saben tan poco. Rumores nada más, palabras desoídas que se fueron acompañadas por muchos "pobre, qué lástima, no se lo merece" y volvieron en forma de la cordialidad más o menos fingida que los acompaña hoy en su presente. Ambos saben tanto más de lo que dicen, de ellos y de los demás. Pero qué harán, confiarle sus secretos a un extraño definitivamente no. Parecen tan iguales por momentos, y de hecho la vida los llevó por un camino perturbadoramente similar. Casi despierta compasión la forma en que ambos han sabido tropezar con la misma piedra y caer sin apoyar ninguna mano. Hoy uno se alza victorioso mientras el otro aún recorre ese sendero, deseoso de preguntarle a su par la forma de salir adelante. "Y decime, vos que ya lo viviste, ¿cómo se hace?" pero no se lo puede permitir, no puede romper esa complicidad pactada sin previo aviso que los lleva a manejarse con total soltura escondiendo eso que conocen desconociendo, su error en común.

lunes

Ciclos

La humanidad astuta siempre ha sabido catalogar a esto que nos acontece día tras día como un ciclo. Yo aquí, apabullado desde el fulgor de mis años, sé confirmar que sí. Ahora también, con cierta timidez, me atrevo a asegurarles a ustedes, frescos y despojados jóvenes, que es un ciclo mucho más corto que el que todos afirman. Un año, tal vez dos como mucho y sí la suerte está de tu lado, y la historia se repite. Cualquier historia, todas las historias. Se repiten como un eterno círculo hecho de una línea de cobre muy, extremada y delicadamente fina, la cual es recorrida vez tras vez por nosotros, los ingenuos humanos que nos creemos partícipes de un camino nuevo. Es que cegados desde lo absurdo de la cotidianidad no notamos que eso que hoy vivimos no es más que la película ya emitida de lo que ayer sentimos, y entonces nos quedamos perplejos actuando, repitiendo inconscientemente las líneas de un guion que (¿nosotros, la vida?) ya se escribió hace mucho. Nos manejamos conforme a un manual analítico que nos indica paso por paso qué sentir, cómo reaccionar, cuántas lágrimas derramar y cuándo hacerlo. Tiene incluso apuntado un párrafo especial con acotaciones tales como "¿cómo abrir la boca para pronunciar los monólogos más sentidos?", "¿cuántos suspiros soltar en el momento menos indicado?", "¿con qué velocidad quitar los ojos de aquel cuya mirada tanto nos intimida?" y es así y todo como nosotros, los poco sagaces, aún osamos ilusionarnos, sorprendernos, incluso hasta decepcionarnos o enojarnos con aquello que, si hubiésemos sabido leer el libreto, habríamos visto venir. Porque la vida es un ciclo ínfimo que se repite, al cual nosotros nos encanta, por más que duela, ver transcurrir.