lunes

Y lo que aburre hace mal.

Hubo miel, limón y sal. Dulzura, bondad, confusión, impás, dolor, agobio, rencor. Momentos tiernamente interminables. Y yo deseaba que terminen. Quería volver a sentir mi aire puro, pero el vicio me circundaba y hasta el día de hoy no me abandona. Y digo quería, porque ya me acostumbré a mi realidad entumecedora. Me acostumbre a las ausencias, incluso me acostumbré a las prescencias. Me resigné a adoptar esa forma de ver la vida que todo lo acepta como viene y nada te retruca. Yo, la pequeñita embustera a la que nada le viene bien.
Es como si mi vida tuviera persianas y cada tanto yo las entreabriera y mirara al mundo a través de esa rendija, pero súbitamente alguien se acercara y las cerrara pellizcándome los dedos. Así repetitivamente, cada vez que mi necia persona intenta entender la realidad que hay afuera.
De golpe siento, otra vez. Revivo todo absolutamente todo aquello que me hizo tan
Señor, cómo te quise. Quise como nadie quiere, te di lo que nadie (te) da.
Señor, cómo te odié. Caprichosa imparable malcriada, te odié. La manzana en el árbol muy alta como para ser alcanzada. Y una verdad abasallante que me vendo y me compro yo misma. Y la duda de una respuesta a la pregunta que nunca se hizo.Tengo todo para contestarte, dispará.
Caminan con el arma ellos, solemnes e inconclusos, siguen siendo sombras entre las sombras que me oscurecieron. Caminan y se alejan, no me sorprende, se alejan. Los miro, los analizo, los entiendo, los dudo. Y se alejan. Hablo, converso conmigo misma. Converso conmigo misma porque yo necesito esas respuestas que ellos nunca me dieron, antes de irse. Antes de volver.
Yo tiendo a aferrarme a ilusiones cuando la vida me muestra un perfil que no elijo. Es que, vamos, de entre todas las caras que tiene a mi siempre elige darme la espalda. Y yo ya expliqué que soy todo aquello que no me gusta ser. (¿Expliqué?). Entonces, no me quiero, no te quiero, a vos tampoco, a vos menos, y vuelvo a no quererme a mi. Todo me sale mal porque todo siempre me ha salido mal y el día que erré el camino lo suficiente como para meterme en esta rotonda de malestares ya me lo lamenté bastante. Aún no sé cuándo fue, pero me lamenté por las dudas. Las muchas muchísimas dudas que tengo.
Odio no tener respuestas, no me importa (tanto) que me vengan contestaciones adversas, verdades dolorosas y esas demás aberraciones que lo suelen dejar a uno como desecho de bestias antiguas por el piso arrastrándose, clamando eutanasia. No, no me importa, pero que vengan, que venga algo. No me dejes acá esperándote sola. Dejame, no me importa, pero dejame con tus verdades o tus mentiras.
No entendés, nadie entiende, que no es amor, no es vida, no es cariño, envidia ni odio. Es que ustedes, traicioneros ustedes me despojan de todas mis armas y se van. No sé cómo hacen ni donde aprendieron a hacerlo, asumo que vinieron fallados de fábrica. La cuestión es que quiero que me cacheteen y salgan corriendo, así entiendo algo, porque responderme a mi misma, por más que esas respuestas me encajen perfecto, aunque sea por un rato, hasta que otra me encaja mejor, ya es aburrido. Y lo aburrido es



Aburrido.