Maite escribe en una hoja, yo la miro desde lejos. Escribe y sus ojos se mueven veloces siguiendo a su muñeca inspirada.
Maite me mira y sonríe. Deja toda su actividad un instante sólo para mirarme y sonreír. Sigue escribiendo.
Yo no sé que escribe, yo no puedo leerla. No deben confundirse, son dos cosas diferentes. Yo no sé qué está escribiendo; no sé que palabras atormentan su cabeza y escapan por su mano sobre el papel en blanco. Yo no puedo leerla, no puedo descifrar en esa sonrisa solitaria el porvenir de sus acciones, no podré, mañana cuando se vaya, haber previsto en lo más mínimo sus pensamientos y mi abandono porque, como dije, yo no puedo leerla.
Comparar a una persona con un libro es osado, y más aún tratándose de Maite. Ella está tan repleta de letras por todos lados que la literatura más compleja y extensa no se encuentra a su nivel. Pero, por otro lado, todos tienen una historia para contar, como los libros. Relatan o callan infinidad de hechos, según quien se atreva a involucrarse con ellos, como los libros.
Maite es un libro roto y destartalado, de esos libros antiguos que uno encuentra en la biblioteca de la abuela, cuya tapa se ha perdido vaya uno a saber cuando, cuyas páginas amarillentas ya casi no dejan dilucidar las letras (quizás envueltas en manchones de café o agua o hasta borroneadas por el tiempo mismo). Y heme aquí, desde mi sillón justo enfrente a su vida, tratando de leer casualmente un libro que lleva su nombre, ojeando con torpeza las páginas rotosas y no tentando al destino a que me quite mi libro en el preciso momento en que empiezo a abordar su lectura.
Maite se va. Termina su escrito, me mira con recelo y desenfado (ya sin rastros de aquella sonrisa minutos antes). Recoge uno por uno sus útiles, sus hojas, las escritas y las aún en blanco. Maite llora, yo no sé porqué. Maite dice que yo vivo en su cabeza, que no soy simplemente un libro a quien pueda leer. Que se irá antes de que yo, ávido de lectura, termine su historia antes que ella la mía. Que sus ideas la torturan y que yo no la entiendo. Que yo, estático desde mi sillón, contemplándola, jamás podré ser la inspiración que sus escritos necesitan, y que tampoco soy legible a sus ojos, que soy un libro cerrado y perdido, de esos que se olvidan en biblioteca ajena y de los cuales nunca se sabe el final.
Maite me escupe todas esas palabras que cortan con el silencio armonioso en el que nos encontrábamos y se va. Se va entre lágrimas y agonía. Se va dejándome solo el recuerdo de su sonrisa y un par de hojas en blanco, para que, según ella, pueda, escribiendo, llenar el vacío que deje su ausencia. Según yo, el vacío que deje mi libro favorito.
sábado
domingo
El mejor juego
Quiso arriesgarse a un juego desconocido. Desplegó el tablero con toda su majestuosidad, acomodando con paciencia cada pieza en su lugar. Se tomó su tiempo para examinar exhaustivamente a su contrincante. Revisó los detalles cotidianos; el leve temblequeo de las extremidades, la manía inquieta de acomodarse el pelo, como paseaba sus ojos rápidamente por toda la sala sin posarse en nada, la forma en que constantemente humedecía sus labios, cada gesto era fundamental para descifrar la calidad de jugador que sería su oponente. Las miradas se cruzaron de repente, inesperadas. Se analizaron mutuamente, se encontraron y desencontraron. Rivales, opuestos, ambos buscaban ganar, aún cuando la seguridad de uno se reflejaba en la duda y el miedo del otro. Confiado, tomó los pequeños cubos numerados entre sus manos. Los batió, los miró, los sintió con sus dedos, analizando cada hendidura que los puntitos negros hacían en el objeto blanco. Respiró profundo, la suerte estaría de su lado como siempre. Respiró nuevamente. Respiró una vez más. Respiró fuerte, llenó sus pulmones de oxígeno pero la sed de aire no cesaba. Respiró con la esperanza de que aquel respiro fuera el último. Respiró, cansado y jadeando, respiró. Respiró a los gritos, apretando los dados entre los dedos. Respiró obligando a sus pulmones a calmarse, siguiendo al latido galopante de su corazón. Respiró y todo se volvió oscuro, toda su determinación se desmoronó sobre el tablero. Su vigor se retrajo, todas sus certezas se volvían incógnitas. Miró a su competidor entre respiro y respiro. Aquel indefenso y dubitativo ser que antes tiritaba a la par de una palpitación repetitiva, ahora se alzaba creído y certero frente a las narices de él que, disminuido entre sus contradicciones, rindió sus fuerzas y arrojando los dados fuertemente contra la mesa se dejó vencer por el mejor jugador del mejor juego jamás jugado.
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