domingo
El mejor juego
Quiso arriesgarse a un juego desconocido. Desplegó el tablero con toda su majestuosidad, acomodando con paciencia cada pieza en su lugar. Se tomó su tiempo para examinar exhaustivamente a su contrincante. Revisó los detalles cotidianos; el leve temblequeo de las extremidades, la manía inquieta de acomodarse el pelo, como paseaba sus ojos rápidamente por toda la sala sin posarse en nada, la forma en que constantemente humedecía sus labios, cada gesto era fundamental para descifrar la calidad de jugador que sería su oponente. Las miradas se cruzaron de repente, inesperadas. Se analizaron mutuamente, se encontraron y desencontraron. Rivales, opuestos, ambos buscaban ganar, aún cuando la seguridad de uno se reflejaba en la duda y el miedo del otro. Confiado, tomó los pequeños cubos numerados entre sus manos. Los batió, los miró, los sintió con sus dedos, analizando cada hendidura que los puntitos negros hacían en el objeto blanco. Respiró profundo, la suerte estaría de su lado como siempre. Respiró nuevamente. Respiró una vez más. Respiró fuerte, llenó sus pulmones de oxígeno pero la sed de aire no cesaba. Respiró con la esperanza de que aquel respiro fuera el último. Respiró, cansado y jadeando, respiró. Respiró a los gritos, apretando los dados entre los dedos. Respiró obligando a sus pulmones a calmarse, siguiendo al latido galopante de su corazón. Respiró y todo se volvió oscuro, toda su determinación se desmoronó sobre el tablero. Su vigor se retrajo, todas sus certezas se volvían incógnitas. Miró a su competidor entre respiro y respiro. Aquel indefenso y dubitativo ser que antes tiritaba a la par de una palpitación repetitiva, ahora se alzaba creído y certero frente a las narices de él que, disminuido entre sus contradicciones, rindió sus fuerzas y arrojando los dados fuertemente contra la mesa se dejó vencer por el mejor jugador del mejor juego jamás jugado.
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