(Posición fetal. La potencial libertad de aquel que no se quiere dejar ser.)
¿Importa la fuerza con que recibas un golpe si al fin y al cabo hay alguien que te está golpeando?
La columna vertebral se marca como pocas veces antes. Ambiente opaco, de paredes negras y eco abrumador. Retumban pretenciosamente los gritos que una y otra vez salen de esa boca callada. Aturden por lo sentidos que son.
Rompe en llanto.
Furor. Aprieta los párpados intensamente. Golpes rotundos. Libera todos los sonidos que siempre deseó, fluye sinceramente desde las más recónditas esquinas del ser.
La mirada perdida en un horizonte inalcanzable. Limpia las lágrimas que caen por el rostro, en un silencio incorruptible.
El cuerpo sereno y manchado de energía, se eleva alto descreyendo cualquier ley de la física. Todos los movimientos son armoniosos y perfectos. Salen de un sólo interior miles de voces al unísono. Caos y serenidad simultáneos. Está siendo en su máxima expresión.
¿Qué lleva a la saturación tal de una mente?
Opuestos que conviven. Lo libre y lo sumiso se confunden. Es en los adentros la que grita y levita, y para afuera sólo deja ver un vergonzoso llanto.
Temor a la opinión. Un auto control tan grande como absurdo. Mientras llora con timidez, se pregunta el porqué de tanto silencio, ¿quién la obliga a callarse? Pero la respuesta no es necesaria, simplemente seguirá callada porque alguien así lo determinó alguna vez.
Ese que debía estar y no estuvo. Ese que usó y descartó a una persona como al objeto más burdo. Ese que burló con descaro. Ese que juzgó sin derecho y censuró sin piedad. Ese es el que incita al silencio.
Habrá de llegar el día en que se inviertan los roles, y finalmente se eleve y aflore todo ese caudal de voz que encierra, pero no será hoy ni mañana. No es libre, y sufre por ello.
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