Sentada queriendo escribir estas líneas, siento una mano tersa que juega entre mi pelo. Acostada llorando las penas ahogadas, huelo un perfume cargado de sensaciones. Oyendo las palabras ajenas, escucho los elogios más entorpecidos. Escribiéndole a quien siento que no debería, busco en mi memoria los recuerdos tapados por el tiempo que no deja de pasar confirmando todos mis miedos.
Escurro una vez más esa lágrima idiota que se escapa sin mi consentimiento y recaigo en lo absurdo del acto de llorar. Veo también todas las debilidades humanas plasmadas en mi y me asqueo. Voy arrepintiéndome letra tras letra que va saliendo de mis dedos. Ésta no es la que quiero ser. Y las metáforas murieron junto a tantas otras cosas que intenté revivir y no pude. Contraigo la cara gesticulando torpemente, mostrando todas esas facciones horripilantes que deja ver al ser humano esplendorosamente vulnerable. Busco inefablemente el vestigio de lo poco que me conformaba pero no lo encuentro. Creo que te lo llevaste vos, o vos, hace mucho ya. Rehuso cada nota que retumba en mi cabeza por el miedo a dónde pueda transportarme esa música, como sólo la música sabe transportarnos a los recuerdos más recónditos que hemos buscado tapar con las banalidades del día a día y un sinfín de mediocridades que no nos terminan de agradar. Es entonces cuando giro la cabeza y te veo. En todos lados te veo, te busco, te encuentro. Cambio incansablemente de parecer y una vez más no hay palabras complejas en las cuales plasmar lo que siento. Envidio a aquellos autores que saben enroscarnos en sus frases haciendo que nos perdamos hasta encontrarnos de verdad. Yo no puedo, no soy así, y si lo era, repito, se fue con vos y me enoja. Vos, que no sabés ni quién sos ni quién quiero que seas, podés ser todo lo que quieras. Si estás en todos lados y generás todo esto, entonces querido mío, el mundo es tuyo. Vuelvo a escurrir una lágrima, pobre boba, quién sabe porqué. La inexpresable saturación alcanzada ya sabe de ser mejor que lo que yo he sabido nunca. No puedo ni siquiera devolverle la fe al destino, que a mi para qué me sirve.
Extraño todo eso que nunca viví. Extraño, entonces, una fantasía que me mantenía expectante y traía consigo un suspicaz entusiasmo de saber si con el día que llegaba, llegaría también aquello que andaba buscando sin animarme a admitirlo. El absurdo se entiende al saber que con el tiempo la espera se consumía y se reemplazaba por la desilusión y entonces me enojo. Quiero saber perder, resignarme, respirar hondo y dejar que sea (o que no sea) pero no puedo y es entonces cuando lloro, consumida por la impotencia de aún no poder entender que quizás deba acostumbrarme a que alguien pueda más que yo.
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