Hombre, ¿quien eres? ¿acaso puedo llamarte hombre? Un pedazo de fragilidad. El niño demasiado alto. Una aglomeración de miedos e inseguridades, una piel adornada de besos, adornada también de un sentimiento desestabilizador; y entonces creo que ese será el último contacto, me derrumbo.
Eso me pasa cada vez que me alejo luego de haber estado tan cerca. Tengo miedo, te tengo miedo, me tengo miedo. Aquel temor tan característico mío ahora te vuelve mi espejo y me veo en vos, viéndote en mi. Tu piel no me quiere soltar, ¿o yo no sabré soltarla a ella? Sentime, por favor. Sentime, amor, porque me desplomo ¿Qué clase de persona hace eso? No te entiendo, no comprendo. Esa vacuidad tan inexacta. Me abrazas como si no quisieras soltarme nunca. Pero cuando te vas jamás vi que voltearas a mirarme. ¡Qué pocas ganas de sentir! ¡Qué imprecisión tan precisa! Estás confusamente organizado y aveces dudo que te entiendas hasta que siento que te entendés sin mi y mi claridad se oscurece. Busco una luz que me alumbre y tu llama no sabe de arder si no cuando ella quiere. Pues será, ¡hombre!, que no te quiero a vos sino a tu simple idea. Será pues que te habré idealizado tanto en la forma de sentir que espero de vos algo que nunca sucederá. Vos no sos, entonces, eso que creí que eras. Sos una simple ilusión de lo que quería que fueras. Y entonces ahora sos y no quiero ver. Me vendo los ojos y sufro, y lloro y luego te echo la culpa.
Créditos compartidos con la Ardilla hace mucho muchísimo tiempo atrás.
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