Ínfimas verdades recubren al gigante. Empapelan su peluda y robusta complexión. Mientras lo atosigan incansablemente, él solo quiere yacer, sosegado, y descansar; descansar en el infinito de una realidad semejante pero diferente a aquella que lo azuza. Imagina escenarios alternos que lo conforman, por un instante al menos. Consumido y dudoso se altera con facilidad, pero la parsimonia ya se adueña de el y un temblequeo de sus pesadas patas se vuelve costumbre. Toma todo lo que le molesta y lo arroja a la basura. Ingenuo. Se entretiene consigo mismo pues no tiene con quién más jugar, ya que todos aquellos que lo rodean no son más que inmiscuidos que buscar perturbar su frágil estado. Su pelaje es cálido y emana un perfume ancestral. Sus movimientos o demasiado lentos o exageradamente bruscos. Las verdades que lo recubren brotan a borbotones, lo asustan, lo ahogan, lo matan. Quién diría que un gigante de tal magnitud aplacaría toda su grandeza ante unas simples certezas.
Aturdido y machucado se echa al piso causando enormes estruendos en los alrededores. El pobre coloso vencido pierde toda su majestuosidad, rendido sobre el suelo y lastimado quizás incurablemente. Todo aquel que lo seguía molestamente se ríe por última vez de la desgracia ajena y vuelve a su desinterés habitual. Por fin el gigante consigue la paz que tanto buscaba pero, ¿a costa de qué?
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