sábado

Viernes 3 a.m (parafraseando)



    Pasa lento y suspicaz por delante de mis narices. Calmo como suele ser, se tambalea al compás de una música inaudible que vibra en sus oídos. Yo me quedo admirando su impertinencia, esa que siempre me sacude con la ira de un rock pesado bailando sobre mi piel. Me acerco lo suficiente para ver sus facciones y sus ojos me ignoran dulcemente. Con recelo camina de un lado a otro, manteniendo esa despreocupación innata. Pasea y lo siento no notarme, porque un frío me hiela la sangre como tantas veces antes lo hizo.
    La temperatura indecisa aplaca el oxígeno que podría respirar. Se entrecorta la respiración y las pupilas se dilatan. Abro los ojos, cierro los ojos, caigo y los vuelvo a abrir. Cierro los ojos, te miro y caigo profundo en la distancia. Me alejo y admiro tu ausencia insolente. Tanta gente en derredor y ni una cara familiar. Extrañeza y simpatía simultáneas. Corriendo me buscas, trastabillando. Y entonces abro los ojos otra vez.
    La inmensidad se propaga frente a mi y no atino si no a dar manotazos de ahogada, sordos y estufactos, buscando salvarme del vacío inminente que se alza majestuoso por encima de la realidad escasa y abrumadora. Una vida que no me deja ver, y entonces cierro los ojos y vuelo alto por las cumbres de una piel rasa, exquisita, colmada de altibajos en los que juego como una niña que conoce al mundo por primera vez, apretando los párpados fuerte.
    Lo veo arrugar la frente y sonreír, y una mueca piadosa se escurre entre sus zapatos elegantes y su traje mal planchado. Acomodo una corbata invisible mientras la mano más robusta del planeta se ciñe contra mi cintura y los escalofríos me circundan. El aire se tiñe de un rosa furioso e irritante que colorea todo lo gris.
    La mira con ternura, la mira y yo los veo. Juguetea contra la matiz pálida, corriendo como yo también corría. Una pista mucho más interesante por transitar los espera mientras mis caminos se han achacado por la corrosión de las manos traslúcidas que me recorrieron. Empolvaron todos mis senderos, y yo los miro. El cielo es naranja ahora que ya no estoy bajo el. La luna se encarama sobre las aguas negras y el ruido del silencio aturde más de lo imaginado. Pero ya no estoy bajo el. Los admiro desde lo imposible, envidiando la simpleza de una risa sincronizada, de un cruce de miradas perdidas que ahora se encuentran una a la otra, esquivándose con vergüenza. Unos brazos que me sueltan para tomar a alguien más, mientras el cielo azafranado se camufla en el mañana, y yo no estoy en el. 

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