lunes

Colorinda

Me enamoré de esa sutileza con que acomodaba su cabello, tomándolo entre los finos dedos y enroscándolo toscamente en toda la mano. Al alzarse la luna, desempolvaba una sonrisa que había estado oculta todo el día y me la dedicaba junto a una mirada de sus ojos color miel. Se acercaba salticando como una niña y se colgaba de mis brazos que se volvían endebles al tacto. Me pasaba una mano por el cuello haciéndome estremecer, y con dulzura mojaba mis labios con un beso cálido y transparente. Sincronizaba su risa a mi respirar porque decía que mis pulmones se inflaban de manera graciosa. Caminaban sus dedos por mi pecho, semejando gotas de agua recorriéndome en un día de calor. Asperjaba al ambiente con su color y su aroma, por eso siempre la comparé con una flor. Y eternamente creeré que eso es. Comenzó siendo un capullo vulnerable moviéndose en el viento de mi otoño. La sacudía como a una pluma y ella se dejaba manejar, esperando florecer en mi. Entonces el tiempo se encargó de traer la primavera a nuestras vidas y conocí todos sus pétalos, pigmentados de tintes brillantes  que relucían como ella. Pero también, como todas las flores, las épocas pasaron y naturalmente se marchitó. Sus palabras comenzaron a hacerse más lentas y breves. Sus suspiros, en cambio, largos y pronunciados. Cortó su precioso cabello y dejó de moverlo con soltura como solía hacer. Cambió sus saltos por un arrastre inerte de los pies y reemplazó mi cuello, al que tanto gustaba de acariciar, por un cigarro barato que parecía consumirla más a ella de lo que ella consumía de él. La flaca enflaqueció todavía más. Todos sus huesos se acentuaron y parecían querer escapar de su cuerpo, cada vez más pequeño y asustadizo. Sus finos dedos ahora simulaban cabos mal atados. Me pregunté en reiteradas oportunidades si mi invierno no sería muy cruel para tan indefensa flor. Mi magnífica rosa no era ya si no una desteñida magnolia pudriéndose en el jardín del ensueño. Echándome la culpa de todo, desganada y putrefacta, la flor se me fue. Fue absordiba por el pasto de otros jardines en donde quizás sabrían cuidar de ella mejor que yo. Recuerdo el último roce de su boca contra la mía. Su entonces blanquecino hocico se acercó temeroso y brutal a la vez, arrastrándome con furia y vehemencia a la pasión de un último beso que deje una huella imborrable en mi. Y debo decir que lo consiguió; recuperó momentáneamente todos sus matices sólo para asegurarse la vida en mi recuerdo, pintarrajeando mi alma con sus colores, los que aún no me consigo quitar.

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