Qué vacío más peculiar. Es un vacío que llena. Llena incansablemente al organismo. Lo llena incluso tanto, que la saciedad perturba de una manera espectacular. Todo aquello que obstaculiza al impetuoso vacío acongoja a los sentidos. Dicen que cuando una persona está vacía se siente mal, se ve decaída, incluso se deprime o se violenta Eso mismo me ocurre a mi cuando me siento llena, estar completa me enoja, me desalienta, me pone en un estadio de hiperactividad tal que todo a mi alrededor se vuelve negativo, y todas mis acciones se realizan con un solo fin. Aveces, lo admito, el vacío me duele, pero es un dolor tan pleno y puro que hasta lastimándome este vacío me ayuda. El estómago se retuerce, la garganta se cierra, los huesos se achican y la piel se agranda; los ojos se humedecen, los músculos pican, la ira sobra. Todo es parte de lo mismo, todo es consecuencia de un llenado incongruente que desencaja en el vacío tan satisfactor. La necesidad de llenarse porque sí carcome a la conciencia por períodos de tiempo que se hacen infinitos.
No, no me gusta estar vacía en cualquier sentido. Lo estoy en muchos, sin embargo. Lo lamentable de la historia es que exactamente aquel vacío que me llena, que me completa y me baña en plenitud, aquel es el que más me cuesta conseguir.
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