No quiero ceder ante las miserias de una sociedad gastada que busca que todos seamos iguales, haciendo las mismas estupideces y matándonos de las mismas formas. Pero soy débil y en este punto hasta dudo de mi capacidad de mantener las promesas que me hago a mi misma, que a fin de cuentas son las únicas que importan. Empezás de a poco, vas dejándote ganar por la presión de las miles de caras que te miran aclamando más. Una vez no hace nada. Dos tampoco. Cinco, seis, diez, veinte. Más de lo mismo. Me están ganando y cuando me dé cuenta ya va a ser tarde. Es que aveces es todo gris y solitario, y entonces ahí uno busca una luz, una salida, cualquiera, la primera que aparezca, no importa a donde dé. Es como cuando corrés muchísimo; llega un punto en que, por mayor necesidad que tengas de seguir corriendo, vas a parar, no importa donde. Y así me encuentro yo, terminando en lugares inhóspitos por la simple necesidad de salir de la oscuridad en la que estoy sumida. Dicen que empieza uno buscando control sobre algo, y al no encontrarlo en el entorno cercano termina conformándose con cualquier cosa que pueda controlar. Cualquier cosa. De golpe, casi sin notarlo, estás haciendo equilibrio en una cuerda floja llena de altibajos turbulentos. No sé donde estoy, pero algo me dice que siga para adelante. Un día por ahí pensas una cosa y al siguiente afirmas exactamente lo contrario. Es así de cambiante todo. El cerebro ya no entiende ni qué órdenes mandarle al organismo y se crea un estado de pausa impactante. Pausa tal que lleva al cuerpo a no sentir, lo que agrava todo. Tocar, tratar de sentir, de sentirse. Correr, parar, mirar, seguir, desfallecer. Bajar, mirar, oler, probar, subir, bajar, tratar de sentir otra vez, en vano. Una seguidilla de acciones bobas e incomprensibles que dejan al ser en una nada espeluznante. Se vive como si no se viviera, en automático. Estoy pero no estoy, hablo pero no me oyen - y francamente ni sé que palabras pronuncio-, hago todo sin querer hacer nada, o queriendo, ¿tal vez? Ya no lo sé.
¿Dónde estoy? ¿qué es esto? ¿ahora qué hago? ¿sigo, paro? No lo sé. Un sin fin de preguntas sin respuesta que atomizan las ideas que florecen tímidamente en una cabeza acomplejada de por sí. Quiero esto, pero ¿tendré el coraje de hacer lo haga falta para conseguirlo? Probablemente no. Empiezo la carrera y me detengo justo a mitad de camino, indecisa entre volver a la meta o animarme a terminar la competencia. Misma distancia, sí, pero el camino hacia la meta ya lo conozco, quién sabe que me depara el trecho restante.
No quiero ceder, pero sé que voy a terminar cediendo. (Porque es ceder o perder).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario