Soga larga pero fina. Esos seres en los extremos. Esos. Tiraba, tiraba, tiraba. Cada tanto, para disimular, aflojaba -que nadie se dé cuenta. Aflojó, se cansó, solo eso. Pero quiso seguir tirando. Preparó el brazo, la fuerza y la voluntad. Se alzó, magnifico. Se sintió participe de un juego de a dos. Un tire y afloje mutuo. Y tiró y tiró. El eso del otro lado notó que alguien más estaba ahora haciendo el trabajo, y ante el relajo, soltó. El eso de este lado tiró en vano antes de notar la fuerza contra la nada que estaba haciendo y luego la gravedad hizo lo suyo y se desplomó. Rotundo encuentro con el piso. La soga lo enredó, parecía tener vida propia. Se liberó con dificultad. Dudó unos instantes, pero quería seguir tirando. Tomó la soga confiando ciegamente en que aquel del otro lado también la estaba sosteniendo. Entonces, nuevamente listo para volver al juego que tanto lo (o los) atrapaba, extendió el brazo, tomó la soga con firmeza y una vez en cuclillas comenzó a tirar. Esta vez nadie soltó la soga, por la simple curiosidad del eso del otro lado, lo que lo llevaba a seguir tirando. Distintas motivaciones, al parecer. Pero ambos estaban en juego. Comenzó una sutil competencia por ver quién tiraba más fuerte. La soga oscilaba entre aquí y allá. Diversos tropezones, debido a las diferentes intensidades, pero ninguno terminó en caída. Sin embargo, débil y deshilachada, la soga no aguantó. Se cortó justo por el medio, como era de esperarse. Esos cayeron desconcertados. Golpeado y herido como estaba, el eso de este lado se paró buscando en el horizonte, al otro lado de la soga caída, a su compañero. Lo vio alejarse, dando ya por terminado el juego y sin el menor interés en la soga ni en el eso de acá. Por más que lo intentó el eso de este lado, ésta vez ninguna motivación era suficiente y por más que quiso, ninguno pudo seguir tirando.
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