"Las ilusorias son pequeñas flores color fucsia rabioso que se impregnan a las personas. No son venenosas. Una vez que se adhiere una, las demás parecen simplemente aparecer por arte de magia en torno al cuerpo. Advertencia: no se han reportado reapariciones de víctimas de las ilusorias. Tome precaución"
Alaína jamás había conocido la habilidad de sus piernas de moverse tan velozmente. Corría por el estrecho sendero de piedra rodeado de árboles tan altos que ya no se distinguía la copa de los mismos. De la certeza que la inundaba ya ni volteaba la cabeza. Las sentía aproximarse furiosas por sobre su camino. Había corrido tanto que ya no recordaba cuando había empezado la persecución. El corazón parecía salír del pecho, devorando a los pulmones. La respiración se había convertido en un jadeo violento. Presentía casi sobre su nuca a las florecitas volando relajadamente a merced de la atmósfera. Sabía que tan sólo una significaría su perdición, lo que la llevaba a energizar cada vez más la carrera. Atravesó pasadizos magníficos pero se encontraba demasiado sumida en la huida como para apreciar el paisaje. Desperdició a una flora impactante y a una combinación de colores tan armoniosa como celestial. Aveces casi se aseguraba de que se habían detenido, pero cuando estaba por frenar la marcha veía pasar flotando a través del aire, como violando a cualquier ley física, a una de ellas, tan intensa como las que probablemente la seguían. Cada tanto una de las más pequeñas y escurridizas traspasaba los mechones de pelo de Alaína que bailaban tras ella a causa del viento y la velocidad, asustándola al punto de imaginar la forma en la que estaba rozando su cuello y cómo consecuentemente se inmovilizarían primero sus brazos, luego su cabeza, y finalmente sus piernas, haciéndola caer sobre el empedrado (de hecho, Alaína no tenía forma de saber cuales eran realmente los efectos de las Ilusorias, pero entre paso y paso su mente se distraía imaginando a los mismos).
Había ya borrado cualquier recuerdo previo a la corrida; parecía haber empezado hacia tanto que se hacía difusa la distinción de tiempo y espacio. Solo una cosa estaba presente en la cabeza de Alaína y esa era que debía escapar, aunque no supiera a ciencia cierta ni qué la perseguía, porque para toda la sociedad atosigada por estas, las Ilusorias no eran más que una gran incógnita. A sus pies seguía el mismo camino, en su entorno se alzaban los mismos árboles y por detrás váyase a saber qué había.
Finalmente un rayo de sol alumbró el hasta entonces en penumbras sendero, que ahora resplandecía. Alaína se permitió sentir el viento por primera vez en el escape. La inmiscuida luz acabó por enrojecer sus mejillas y sintió, por fin, la calma. Sin motivo aparente, se vio ya libre de sus persecutoras y se echó sobre la verde hierba que ahora se veía en las orillas de la senda que transitaba. Desplomada sobre el pasto que le picaba en la espalda, comenzó a analizar sus alrededores notando que ni una Ilusioria venía trás de ella. Respiró hondo y sonrió con plenitud. Miró al cielo azul, era la primera vez que alzaba la vista. Apreció los colores que la circundaban entre lágrimas de felicidad y risas. Extendió las manos sobre su cabeza sintiendo entre las flores y sus dedos al cabello que tan olvidado tenía. Lo sintió suave entre las manos hasta que algo áspero interrumpió el roce. Tomó cuidadosamente el mechón para analizarlo. Una ínfima florecilla color rosa fuerte se confundía entre el rojo de su cabello. La toco con delicadeza y durante unos instantes todo fue absurdo. Su sonrisa se desfiguró. Nunca tuvo la oportunidad de apreciar la copa de los árboles que tanto la habían acompañado en su recorrido, así como tampoco nunca nadie volvió a saber de ella y de su rojizo cabello que tanto gustaba de volar contra el viento.
Y, sí tal vez nos convirtiéramos sólo en una sonrisa,
ResponderBorrarun calor en el pecho,
un abrazo con ganas,
estaría bien.
Estaría bien.
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Saluditos
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muy muy buenooo, me encantó!
ResponderBorrarfarándula, me encanta como escribís
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