Yo de chiquita odiaba el té. Lo despreciaba, enserio. Era ver el agua color marrón transparente y sentir una repulsión y un rechazo inmenso. Hasta gusto diferente le sentía por el asco que me producía; si bien era dulzón a más no poder a mi me sabía amargo e insípido. Era ver a mamá acercarse con las tostadas y mi taza de jirafa con el saquito colgando y asumir inmediatamente que estaba todo mal. Porque siempre que en casa se tomaba té estaba todo mal. Faltaba plata, faltaban ánimos, algo faltaba y el té era la materialización de esa ausencia.
Actualmente el té se convirtió en uno de mis principales aliados. Me acompaña en las noches de estudio, en los malestares, en las depresiones, es como el comodín que siempre pero siempre mejora las cosas. Quizás es porque hoy, con 16 años, me dí cuenta que no eran tan graves esas "faltas" que tanto me acomplejaban a los 7, y busco en el té una máquina del tiempo para volver a eso, porque esas pequeñas ausencias eran mucho mejores que estos enormes derrumbes que hoy transito y sufro.
Todo se ve mucho mejor desde una perspectiva más distante. El té no es la excepción. Mi querido, querido amigo, el té.
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