¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué tengo que hacer?
Confundida. Restregó sus ojos con fuerza, entrelazó los dedos con el cabello, sintiendo cada centímetro de cuero cabelludo en sus frías yemas. Se sostuvo la cabeza con las manos unos minutos. Las cervicales extendidas, los ojos siempre cerrados. Se masajeó la sien entusiastamente. Abrió los ojos con la esperanza de haber escapado de aquella realidad que la acogía. Las mariposas negras seguían revoloteando por el cuarto, cada vez más alteradas y violentas se chocaban contra paredes y muebles indiferentemente. Respiró hondo -Uno, dos, tres, cuatro. No están acá, no existen. Calculó las probabilidades de escabullirse por entre ellas y llegar hasta la puerta, pero el miedo fue mayor y no llevó a cabo su poco elaborado plan.
57 mariposas, cincuenta y siete, traídas por alguien más (váyase a saber quien). Las iría matando una por una, al menos eso quería. Unas simples mariposas no podrían ocupar lo que era suyo. Entonces dejó su posición fetal, con las piernas entre los codos y las manos sosteniendo a la cabeza, y se paró con convencimiento. No tenía red para mariposas ni nada similar, pero no le importó, si tanto osaban invadirla habrían de merecer el destino que ella les tenía planeado. Tomó una vieja alcancía que se empolvaba sobre el librero y la tiró con fervor contra la pared sobre la cual se agolpaban más mariposas. El desgastado chanchito de porcelana explotó por el aire en mil pedazos dejando desprotegidos a varios billetes de la era anterior, pero ni una sola mariposa resultó herida.
¡Agh!
Tomó una de sus sandalias del suelo (ella amaba andar descalza) y la alzó alta sobre el hombro. Calculó el golpe unos segundos y la estrelló contra la pared de su derecha. Otra vez, todas las mariposas ilesas.
Descontrol, descolocamiento.
Abrió la ventana, esperanzada con que toda mariposa anhela volar lejos -eso querría yo, al menos. Fue difícil hacerse lugar para alcanzarla entre tantas; ya su cuarto simulaba una nube negra sin más. Sin embargo ni una mariposa se acercó a la misma, todas siguieron volando cada vez con más violencia, colisionando unas contra las otras, algunas hasta se estrellaron contra ella, golpeándole cabeza y cuerpo. Comenzó a apabullarse. Cada vez era peor, cada vez eran más, las ciencuenta y siete iniciales se habían duplicado, triplicado, o peor aún. Cada vez un negro más intenso. Poco a poco fue perdiendo la motivación que la llevaba a luchar contra ellas en reclamo de lo que, según entendía, le correspondía. Aceptó sumisamente que tal vez las mariposas estaban donde tenían que estar, que tal vez era ella la intrusa.
Y así, paulatinamente, se dejó consumir por el negro, hasta convertirse en una mariposa más.
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