Empezó como un leve tintineo. Lo escuchaba lejano, se perdía el sonido en el aire y al rato se calmaba. Pero luego fue empeorando, la sonoridad se fue convirtiendo progresivamente en un chirrido y luego en un crujido hasta convertirse en el desgarrador gruñido que es hoy. Se oye como el quejido de algún extraño ser que está sufriendo. Cada día empeora más, cada vez es más estrepitoso. Sin embargo, nadie excepto yo parece escucharlo. En los momentos en los que, cansados ya mis tímpanos de tal suplicio, presiono fuertemente mis oídos con la palma de mi mano y echo un vistazo al salón, nadie se ve siquiera alborotado. Al principio admiré la capacidad de quienes me rodeaban de ignorar la tortura auditiva, pero luego llegué a la conclusión de que nadie podía oirlo. Los envidio profundamente.
Me sigo alterando, quizás un tanto avergonzada, cada vez que se presenta el cuasi ladrido que me estremece entera, mas he aprendido a controlar mis impulsos de salir corriendo, resignada a que no puedo huir de él, y mientras la gente no lo note, no ha de ser tan grave, ¿o sí?
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