martes

Sólo el viento

Yo estoy lejos del sol, pero me quemo igual. No encuentro explicaciones. Por primera vez, tampoco las estoy buscando tanto. Las cosas son así hoy y serán así mañana, y lo sé, es una característica que ya asumí. El ardor convive conmigo, amenazando con su presencia a cada palabra. Pero es una amenaza que se cumple y creo que eso sí me perturba. Se cumple y se sostiene. Es una situación nueva que me descoloca, yo nunca me sentí así. El ardor está hoy y ya me tiene acostumbrada, pero nunca estuvo, nunca ardí como hoy lo hago. No tiene explicación aparente, simplemente quema. La mano fría trata de neutralizar al calor pero no lo consigue, el choque de temperaturas estremece. He tratado de deslindar el camino ya recorrido e incluso analizar cada situación que desencadena al ardor, pero sigue sonandome absurda la idea. Tiemblo en este preciso momento a causa del frío que tan cálida me mantiene. Compleja paradoja la que me distrae de las verdaderas causas. Algo turbó la estabilidad que siempre necesité, una pequeña piedrita bastó para demoler al gigante monumento edificado sobre escombros vibrantes y todo se vino abajo. Yo me encuentro tratando de reacomodar nuevamente los restos de la estructura demolida cuidandome a la vez del sol que me perturba con sus rayos acrecentando al dolor. Con brío emprendo el camino nuevamente hasta que aquel se anima a patear audazmente todo mi convencimiento dejándome en la nada, ardiendo, una vez más.

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