Aveces lo miraba, juro que lo hacía, yo la vi mirarlo. Lo miraba y pensaba. No sé que pensaba, pero sus ojos brillaban, lo miraba con ternura. Rápidamente volteaba la vista cuando él la notaba de reojo. Una mirada entre tímida y audaz. Aveces, también, lo abrazaba. Le gustaba sentirlo respirar en sus brazos. Poco a poco ella empezó a dejar caer sus paredes. Encontró en quien confiar, quizás por exceso. Él se deshacía y la inundaba de palabras bonitas. Y así empezó. Saturaron los momentos. Los minutos parecían hacerse tediosamente eternos. Ella hablaba desganadamente, pretendiendo la frescura de la que el se había enamorado. Él se había enamorado, ella también, pero a destiempo. Ella ya no lo miraba; sus ojos ya no huían vergonzosamente ante el encuentro. Ya no quería sentirlo respirar entre sus brazos. Y paradojicamente él, al menos eso me contaron, cada día la quería más. Yo no puedo entenderlo, ¿cómo quererla? Una mujer sin sonrisas, fría, cerrada. Se mueve sin gracia, lo aleja, mejor dicho: a todos aleja. No sabe responder a los cumplidos, no reacciona cuando le muestran sus sentimientos; evade constantemente. Pero qué sé yo, el amor es así, dicen. Aunque evidentemente no era amor. Hoy en día todavía la veo caminar, pero él ya no la espera como solía hacerlo. Ella ya no se apura para verlo. Ya no se despiden en esa esquina. Ya no caminan mirando atrás.
Hay un impás. Quietud de sentimientos. Pausa.
Frustración. Ira. Enojo. Desesperación. Compasión. Disimulan sonrisas. Pronuncian leves palabras de contención vacías. Ella lo escucha, como él tantas veces lo hizo. Ella parece no poder hablar más. Ambos están siendo lastimados. Él la busca, ella huye. Les duele, se nota, aunque se necesitan. Pero, ¡ah!, el enojo y la frustración reaparecen. Se llenan las cabezas de interrogantes. Tienen mil preguntas que hacerse, pero no pueden formularlas. Murió la confianza. Ya no están dentro de la cabeza del otro como solían hacerlo. Y yo contemplo toda esta historia desde acá, de mi lugar ajeno. Presencio cada detalle, casi huelo las emociones. Son seres humanos tan predecibles.
Y así murieron las miradas, como luego fue muriendo todo el resto de las cosas que compartían. Simplemente dejaron de sentir... ¿los dos?
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