Y vas corriendo, te vas enredando, te vas perdiendo. Ni aunque consigas mantenerte quieto podes escapar de la realidad del laberinto, todos los que están alrededor tuyo corren, se pierden, se marean, se confunden…
El laberinto te va atrapando y te vas quedando sin opciones.
Poco a poco tus afectos van cediendo. Van cayendo uno por uno y no podes hacer nada para salvarlos ya que no podes ni salvarte a vos mismo.
¿Qué hacer al verlos así?
Asquerosa paradoja la de estar tan solo en un mundo tan lleno de gente. De estar tan perdida en este infinito laberinto, en el que si bien sabés que están todos aquellos a los que aprecias, no podes encontrar a nadie de la manera en que querés. Todas las caras se hacen desconocidas en la desesperación del laberinto. Pero ¡no desesperes! Todos estamos igual.
Lo malo, lo punzante del laberinto, es que algunos consiguen manejarlo mejor que otros y ahí es cuando te encontrás vos sola perdida, sin reconocer esas caras tan habituales.
¿Por qué te toca justo a vos la desgracia de seguir corriendo perdidamente mientras todos esos desconocidos (tal vez) se liberan de la presión del laberinto y aceptan su realidad?
No puedo definir si es mejor para mi perderlos o encontrarlos, porque al verlos perdidos sufro por no poder ayudarlos, pero al verlos encontrarse, sin mi, sufro dándome cuenta cuán poco me necesitaban para sobrevivir en este encierro.
Absurda paradoja la del laberinto, ¿no?
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