miércoles

Oscuridades de una mañana.

Qué sombras extrañas te andan persiguiendo. Casi corrés por la calle sintiéndote capaz de huir de ellas, pero las tenés pegadas en la espalda.
¿Es que no te das cuenta que así como nacieron, van a morir con vos? Aunque puede que mueras vos primero, ciertamente. Entonces desprendete, resignate, sometete. No sonrías muecas falsas; éstas sólo sabrán ser las palas que caben el pozo en el que entierres. Ya no importa, no es relevante. Te atormenta, te consume, sí. Qué más da, lo mismo de siempre. Sabés de ser quien arme el propio rompecabezas en que te convertiste. Sabés, también, de buscar entre los escombros las armas para destruirte, y efectivamente conseguís tu objetivo con una sagacidad envidiable. Contradictorio, tal vez. Y es que sos víctima y victimario. Entonces el resto debería ser sólo esa masa inerte con la que se rellenan los entornos... pero no. Al no ayudar damnifican. Tus lágrimas siguen cayendo, nadie se va a encargar de juntarlas. Nadie debería, tampoco, aunque ya vos no puedas. Hay que hacer algo, pero vos no podés y los demás no quieren. Corrés y corrés, y llorás, y te duele, te hiela, temblás, te desplomás. Mas no hay escapatoria, están pegadas a vos. Esas sombras, esos fantasmas, son tuyos. Hacelos tuyos, sentilos tuyos. Tuyos, de nadie más. Quizás entonces descubras lo fácil que era desligarte de ellos.

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